La muerte en Venecia, de Thomas Mann | Texto completo en español
Publicada en 1912, esta obra fundamental de Thomas Mann narra la deriva íntima de un escritor alemán en una Venecia tan luminosa como amenazante.

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Conviene precisarlo desde el principio: esta traducción no aspira a sustituir el trabajo del traductor ni a presentarse como una versión cerrada o canónica. Es un borrador de trabajo. Una primera capa útil para profesionales del libro que quieran explorar el texto, comparar soluciones, detectar fricciones y acelerar fases del proceso editorial sin renunciar al criterio humano.
Alighieria está pensada para hacer visibles los puntos problemáticos del texto: zonas de ambigüedad, posibles errores de comprensión, decisiones léxicas discutibles o desajustes de tono. Su función no es decidir, sino señalar; no es escribir por el editor, sino devolverle tiempo y foco para aquello que no puede automatizarse: el estilo, el ritmo, la voz y la interpretación literaria.
Publicamos este borrador de La muerte en Venecia con un objetivo claro y deliberado: mostrar cómo la tecnología puede integrarse en la cadena editorial como una aliada crítica. Una herramienta para pensar mejor los textos. Nunca para clausurarlos.
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Los textos siguen las ediciones:
«La muerte en Venecia» de
Múnich, Hyperionverlag Hans von Weber 1912
Capítulo primero
Gustav Aschenbach, o von Aschenbach, como rezaba oficialmente su nombre desde su quincuagésimo cumpleaños, había emprendido, en una tarde de primavera del año 19.., que durante meses mostró a nuestro continente un semblante tan amenazador, un paseo más largo de lo habitual desde su vivienda en la Prinz-Regentenstraße de Múnich, y lo había hecho solo. Sobreexcitado por la difícil y peligrosa labor de las horas matutinas, que precisamente ahora exigía una extremada cautela, prudencia, penetración y rigor de la voluntad, el escritor no había logrado, ni siquiera después del almuerzo, detener el impulso del mecanismo productor en su interior, aquel «motus animi continuus» en el que, según Cicerón, consiste la esencia de la elocuencia; tampoco había encontrado ese sueño liberador que, dada la creciente usura de sus fuerzas, tanto necesitaba una vez al día. Así pues, poco después del té había buscado el aire libre, con la esperanza de que el ambiente y el movimiento lo restablecieran y le procuraran una velada fructífera.
Era principios de mayo y, tras unas semanas de humedad y frío, había irrumpido un falso verano. El Jardín Inglés, aunque todavía con el follaje tierno, estaba bochornoso como en agosto y, en las cercanías de la ciudad, lleno de carruajes y paseantes. En el Aumeister, adonde lo condujeron caminos cada vez más silenciosos, Aschenbach había contemplado durante un breve rato el jardín de la hostería, animado por el vulgo y en cuyos bordes aguardaban algunos coches de punto y equipajes; desde allí, con el sol ya en declive, había emprendido el regreso fuera del parque, a través de la campiña abierta, y puesto que se sentía cansado y amenazaba tormenta sobre Föhring, esperaba junto al Cementerio del Norte el tranvía que debía devolverle en línea recta a la ciudad. Por casualidad encontró la parada y sus alrededores vacíos de gente. No se veía vehículo alguno ni en la adoquinada Ungererstraße, cuyos raíles se extendían solitarios y brillantes hacia Schwabing, ni en la calzada de Föhring; tras las cercas de los talleres de los marmolistas, donde las cruces, lápidas conmemorativas y monumentos en venta forman un segundo cementerio deshabitado, nada se movía, y la estructura bizantina de la capilla funeraria yacía enfrente, silenciosa bajo el resplandor del día que fenecía. Su fachada, adornada con cruces griegas y pinturas hieráticas en colores claros, ostenta además inscripciones dispuestas simétricamente en letras doradas, versículos selectos relativos a la vida de ultratumba como: «Entran en la morada de Dios» o: «Luzca para ellos la luz eterna»; y quien aguardaba había hallado durante unos minutos una grave distracción leyendo las fórmulas y dejando que su ojo espiritual se perdiera en su mística transparencia, cuando, al regresar de sus ensueños, advirtió en el pórtico, sobre las dos bestias apocalípticas que custodian la escalinata, a un hombre cuya apariencia no del todo habitual imprimió a sus pensamientos un rumbo completamente distinto.
Si había surgido del interior de la capilla a través de la puerta de bronce, o si había llegado desde fuera subiendo inadvertidamente, era algo incierto. Aschenbach, sin profundizar demasiado en la cuestión, se inclinó por la primera suposición. De estatura mediana, enjuto, imberbe y de nariz llamativamente chata, el hombre pertenecía al tipo pelirrojo y poseía su piel lechosa y pecosa. Evidentemente no era de estirpe bávara: ya el sombrero de paja de ala ancha y recta que le cubría la cabeza confería a su aspecto una impronta de extranjería y procedencia lejana. Cierto es que llevaba, a la usanza del país, la mochila ceñida a los hombros, un traje amarillento de loden con cinturón, según parecía, una capa gris para la lluvia sobre el antebrazo izquierdo, que mantenía apoyado en el costado, y en la diestra un bastón con punta de hierro que afianzaba oblicuamente contra el suelo y sobre cuya empuñadura, con los pies cruzados, recostaba la cadera. Con la cabeza erguida, de modo que en su cuello, que surgía demacrado de la holgada camisa deportiva, la nuez sobresalía fuerte y desnuda, miraba oteando agudamente a lo lejos con ojos incoloros y de pestañas rojas, entre los cuales, aviniéndose de forma harto extraña con su nariz corta y respingona, se marcaban dos surcos verticales y enérgicos. Así —y tal vez su emplazamiento elevado y que le realzaba contribuía a esta impresión— tenía su porte algo de imperiosa vigilancia, de audacia o incluso de salvajismo; pues, ya fuese porque, deslumbrado, hiciera muecas contra el sol poniente o porque se tratara de una deformación fisonómica permanente: sus labios parecían demasiado cortos, se retiraban por completo de los dientes, de modo que estos, al descubierto hasta las encías, asomaban blancos y largos entre aquellos.
Es muy posible que Aschenbach, en su examen mitad distraído, mitad inquisitivo del forastero, hubiera faltado a la discreción; pues de pronto se percató de que aquel le devolvía la mirada, y además de un modo tan belicoso, tan directamente a los ojos, tan manifiestamente resuelto a llevar la cosa al extremo y a obligar a la mirada del otro a batirse en retirada, que Aschenbach, penosamente afectado, se dio la vuelta y emprendió una caminata a lo largo de las cercas, con la decisión incidental de no prestar más atención a aquel individuo. Al minuto siguiente lo había olvidado. Mas, ya fuese que el aire errante en la apariencia del forastero hubiese obrado sobre su imaginación, o que algún otro influjo físico o anímico estuviese en juego: se hizo consciente, con total sorpresa, de una extraña dilatación en su interior, una suerte de inquietud vagabunda, un ansia juvenil y sedienta de lejanía, un sentimiento tan vivo, tan nuevo, o al menos del que hacía tanto tiempo se había desacostumbrado y olvidado, que quedó clavado en el sitio, con las manos a la espalda y la mirada en el suelo, para examinar la esencia y el objetivo de tal sensación. Era deseo de viajar, nada más; pero presentándose verdaderamente como un ataque y exaltado hasta lo pasional, incluso hasta la alucinación. Vio, en efecto, cual ejemplo de todas las maravillas y horrores de la multiforme tierra que su deseo trataba de representarse de golpe, vio como con los ojos del cuerpo una comarca enorme, una región pantanosa y tropical bajo un cielo de vapores densos, húmeda, exuberante e insalubre, una selva primitiva evitada por los hombres, hecha de islas, marjales y brazos de agua fangosa. Las islas llanas, cuyo suelo estaba cubierto de una maleza de hojas gruesas como manos, de helechos gigantescos, de vegetación grasa, hinchada y de floración aventurera, enviaban hacia lo alto velludos fustes de palmeras, y árboles prodigiosamente deformes, cuyas raíces brotaban del tronco y se hundían a través del aire en el suelo, en el agua, formaban bosques enmarañados. Sobre la corriente estancada, que reflejaba sombras verdes, flotaban flores blanco leche, grandes como fuentes; pájaros de especie exótica, de hombros altos y picos amorfos, se erguían sobre patas largas en los bajíos y miraban inmóviles a los lados, mientras a través de extensos cañaverales pasaba un traqueteo, un roce y un susurro, como de ejércitos de hombres armados; al espectador le pareció como si le soplara el hálito tibio y mefítico de aquel páramo lujurioso e inservible, que parecía flotar en un estado monstruoso de devenir o de perecer; entre los nudosos tallos de un matorral de bambú creyó ver por un instante centellear las luces fosforescentes del tigre, y sintió que su corazón palpitaba de espanto y de un enigmático anhelo. Luego la visión se desvaneció; y con una sacudida de cabeza, Aschenbach reanudó su paseo junto a las cercas de los talleres de lápidas.
Él había considerado el viaje, al menos desde que disponía de los medios para disfrutar a su antojo de las ventajas del tráfico mundial, nada más que como una medida higiénica que, de vez en cuando, debía tomarse contra el propio gusto e inclinación. Demasiado ocupado con las tareas que su propio yo y el alma europea le planteaban, demasiado cargado por la obligación de producir, demasiado reacio a la distracción como para servir de amante al abigarrado mundo exterior, se había contentado absolutamente con la visión que hoy cualquiera, sin moverse mucho de su círculo, puede obtener de la superficie de la tierra, y jamás se había sentido siquiera tentado a abandonar Europa. Máxime desde que su vida declinaba lentamente, desde que su miedo de artista a no terminar —esa preocupación de que el reloj pudiera pararse antes de haber hecho lo suyo y de haberse dado por completo a sí mismo— no podía ya ser rechazada como una mera manía, su existencia exterior se había limitado casi exclusivamente a la hermosa ciudad que se había convertido en su patria y a la ruda casa de campo que se había construido en la montaña y donde pasaba los veranos lluviosos.
Así pues, aquello que acababa de acometerle tan tarde y de repente fue muy pronto moderado y rectificado por la razón y la autodisciplina ejercitada desde joven. Tenía la intención de avanzar hasta cierto punto la obra para la cual vivía antes de trasladarse al campo, y la idea de un vagabundeo por el mundo, que le apartaría durante meses de su trabajo, parecía demasiado laxa y contraria a sus planes; no debía ser tomada en serio. Y sin embargo, sabía muy bien de qué causa había surgido tan inesperadamente la tentación. Era impulso de huida, confesóselo, esa nostalgia de lejanía y novedad, ese deseo de liberación, de descarga y de olvido; el impulso de alejarse de la obra, del lugar cotidiano de un servicio rígido, frío y apasionado. Cierto es que lo amaba, y amaba también casi ya esa lucha enervante, que se renovaba a diario, entre su voluntad tenaz y orgullosa, tantas veces probada, y esa creciente fatiga de la que nadie debía saber y que el producto no debía traicionar de ninguna manera, mediante ningún signo de fallo o de languidez. Pero parecía sensato no tensar demasiado el arco y no sofocar obstinadamente una necesidad que brotaba con tanta viveza. Pensó en su trabajo, pensó en el punto en que hoy de nuevo, como ya ayer, había tenido que dejarlo y que no parecía querer ceder ni a un cuidado paciente ni a un golpe de mano rápido. Lo examinó de nuevo, trató de romper o disolver el bloqueo y desistió del ataque con un escalofrío de repugnancia. Allí no se presentaba ninguna dificultad extraordinaria, sino que lo que le paralizaba eran los escrúpulos de la desgana, que se manifestaba como una insatisfacción que ya nada podía colmar. La insatisfacción, ciertamente, había sido considerada ya por el joven como la esencia y la naturaleza más íntima del talento, y por su causa había refrenado y enfriado el sentimiento, porque sabía que este tiende a contentarse con un alegre «aproximadamente» y con una media perfección. ¿Se vengaba ahora, pues, la emoción esclavizada abandonándole, negándose a seguir portando y dando alas a su arte, y llevándose consigo todo el placer, todo el deleite en la forma y en la expresión? No es que produjera cosas malas: esta era al menos la ventaja de sus años, que en todo momento se sentía seguro de su maestría con serenidad. Pero él mismo, mientras la nación las honraba, no disfrutaba de ellas, y le parecía como si su obra careciera de aquellas características de humor ardiente y juguetón que, siendo un producto de la alegría, constituían, más que cualquier contenido interno, una ventaja más ponderable: la alegría del mundo que la disfruta. Temía el verano en el campo, solo en la pequeña casa con la criada que le preparaba la comida y el sirviente que se la servía; temía los rostros familiares de las cumbres y paredes de la montaña, que rodearían una vez más su insatisfecha lentitud. Y así pues, era necesaria una interrupción, algo de existencia improvisada, de ociosidad, aires lejanos y aporte de sangre nueva, para que el verano fuese soportable y productivo. Viajar, pues; estaba conforme. No demasiado lejos, no precisamente hasta los tigres. Una noche en el coche cama y una siesta de tres o cuatro semanas en algún lugar de vacaciones corriente en el amable Sur...
Así pensaba mientras el estruendo del tranvía eléctrico se acercaba por la Ungererstraße, y al subir decidió dedicar esa velada al estudio de mapas y horarios. En la plataforma se le ocurrió echar un vistazo en busca del hombre del sombrero de paja, el compañero de aquella estancia, a fin de cuentas, rica en consecuencias. Mas no le quedó claro su paradero, pues no se le pudo encontrar ni en su anterior ubicación, ni en la siguiente parada, ni tampoco en el vagón.
Capítulo segundo
El autor de la clara y poderosa epopeya en prosa sobre la vida de Federico de Prusia; el artista paciente que tejió con larga laboriosidad el tapiz novelístico, rico en figuras y que reunía tantos destinos humanos a la sombra de una idea, de nombre «Maya»; el creador de aquella fuerte narración que se titula «Un miserable» y que mostró a toda una juventud agradecida la posibilidad de una determinación moral más allá del conocimiento más profundo; el autor, finalmente (y con esto quedan designadas brevemente las obras de su madurez), del apasionado tratado sobre «Espíritu y Arte», cuya fuerza ordenadora y elocuencia antitética permitió a jueces serios colocarla inmediatamente junto al razonamiento de Schiller sobre la poesía ingenua y sentimental: Gustav Aschenbach, pues, había nacido en L., una ciudad cabeza de distrito en la provincia de Silesia, como hijo de un alto funcionario judicial. Sus antepasados habían sido oficiales, jueces, funcionarios administrativos, hombres que habían llevado su vida severa y decentemente austera al servicio del rey y del Estado. Una espiritualidad más íntima se había encarnado una vez entre ellos, en la persona de un predicador; una sangre más rápida y sensual había llegado a la familia en la generación anterior a través de la madre del poeta, hija de un director de orquesta bohemio. De ella procedían los rasgos de raza extranjera en su aspecto. El matrimonio entre la concienzuda sobriedad de servicio y unos impulsos más oscuros y fogosos hizo surgir a un artista, y a este artista en particular. Dado que todo su ser estaba ajustado para la fama, se mostró, si no propiamente precoz, sí maduro y hábil para la publicidad a temprana edad, gracias a la decisión y a la pregnancia personal de su tono. Siendo casi todavía un estudiante de bachillerato, poseía ya un nombre. Diez años más tarde había aprendido a representar desde su escritorio, a administrar su fama en un estilo epistolar que debía ser breve (pues muchas exigencias asedian al hombre de éxito y digno de confianza), a ser benévolo y significativo. A los cuarenta años, agotado por las fatigas y vicisitudes del verdadero trabajo, tenía que despachar a diario una correspondencia que portaba sellos de todos los países del mundo.
Igualmente alejado de lo banal que de lo excéntrico, su talento estaba creado para ganar al mismo tiempo la fe del gran público y la participación admirativa y exigente de los selectos. Así, obligado ya desde joven por todos lados al logro —y ciertamente al extraordinario—, jamás había conocido la ociosidad, jamás la negligencia de la juventud. Cuando enfermó en Viena hacia los treinta y cinco años, un fino observador comentó sobre él en sociedad: «Vean ustedes, Aschenbach ha vivido desde siempre solo así» —y el orador cerró los dedos de su mano izquierda firmemente en un puño—; «jamás así» —y dejó colgar la mano abierta cómodamente del respaldo del sillón. Aquello era cierto; y lo valeroso-moral en ello era que su naturaleza no era en absoluto de constitución robusta y estaba solo llamada a la tensión constante, no propiamente nacida para ella.
La solicitud médica había excluido al muchacho de la asistencia a la escuela y había insistido en la enseñanza doméstica. Había crecido aislado, sin camaradería, y sin embargo había tenido que reconocer a tiempo que pertenecía a un linaje en el que no el talento, sino la base física, era una rareza que el talento necesita para su plenitud; un linaje que acostumbra a dar pronto lo mejor de sí y en el que la capacidad rara vez llega a la vejez. Pero su palabra favorita era «Resistir»; no veía en su novela sobre Federico otra cosa que la apoteosis de esta palabra de mando, que le parecía el compendio de la virtud activa y rectora. También deseaba fervientemente llegar a viejo, pues desde siempre había sostenido que verdaderamente grande, abarcador, sí, verdaderamente honorable solo puede llamarse al arte al que le ha sido concedido ser característicamente fértil en todas las etapas de lo humano.
Puesto que quería llevar sobre hombros delicados y hacer llegar lejos las tareas con las que su talento le cargaba, necesitaba sumamente de la disciplina; y la disciplina era, por fortuna, su herencia innata por parte paterna. A los cuarenta, a los cincuenta años, así como ya en una edad en la que otros derrochan, sueñan, posponen confiados la ejecución de grandes planes, comenzaba su día temprano con chorros de agua fría sobre el pecho y la espalda, y luego, con un par de altas velas de cera en candelabros de plata a la cabecera del manuscrito, sacrificaba al arte, en dos o tres horas matutinas de fervorosa conciencia, las fuerzas que había acumulado durante el sueño. Era perdonable, sí, significaba muy propiamente la victoria de su moralidad, si los profanos consideraban el mundo de «Maya» o las masas épicas en las que se desenrollaba la vida heroica de Federico como el producto de una fuerza compacta y de un largo aliento, cuando en realidad habían sido apiladas hacia la grandeza en pequeñas jornadas de trabajo a partir de cientos de inspiraciones individuales, y eran tan absolutamente excelentes en cada punto solo porque su creador, con una perseverancia de voluntad y una tenacidad similares a las que conquistaron su provincia natal, había resistido durante años bajo la tensión de una y la misma obra, y había dedicado a la verdadera elaboración exclusivamente sus horas más fuertes y dignas.
Para que un producto espiritual significativo sea capaz de ejercer al instante un efecto amplio y profundo, debe existir una afinidad profunda, incluso una concordancia, entre el destino personal de su autor y el general de la generación contemporánea. Los hombres no saben por qué otorgan fama a una obra de arte. Lejos de ser entendidos, creen descubrir en ella cien virtudes para justificar tanta participación; pero el verdadero motivo de su aplauso es algo imponderable, es simpatía. Aschenbach había expresado una vez de forma directa, en un lugar poco visible, que casi todo lo grande que existe, existe como un «a pesar de», que ha surgido a pesar de la pena y el tormento, la pobreza, el abandono, la debilidad corporal, el vicio, la pasión y mil obstáculos. Pero aquello era más que una observación, era una experiencia, era sencillamente la fórmula de su vida y de su fama, la clave de su obra; ¿y qué maravilla, pues, si era también el carácter moral, el gesto exterior de sus figuras más peculiares?
Sobre el nuevo tipo de héroe, recurrente en múltiples apariciones individuales, que este escritor prefería, ya había escrito tempranamente un inteligente analista: que era la concepción de «una virilidad intelectual y juvenil» que «en orgulloso pudor aprieta los dientes y se mantiene tranquila mientras las espadas y lanzas le atraviesan el cuerpo». Aquello era hermoso, ingenioso y exacto, a pesar de su impronta aparentemente demasiado pasiva. Pues la compostura ante el destino, la gracia en el tormento, no significa solo un padecer; es un logro activo, un triunfo positivo, y la figura de San Sebastián es el símbolo más hermoso, si no del arte en general, sí ciertamente del arte del que hablamos. Si se miraba dentro de este mundo narrado, se veía el elegante autodominio que oculta hasta el último instante un minado interior, la decadencia biológica, ante los ojos del mundo; la fealdad amarilla y sensualmente desfavorecida que es capaz de avivar su rescoldo ardiente hasta convertirlo en llama pura, sí, de elevarse hasta el dominio en el reino de la belleza; la pálida impotencia que extrae de las profundidades incandescentes del espíritu la fuerza para arrojar a todo un pueblo soberbio a los pies de la cruz, a sus pies; la actitud amable en el servicio vacío y severo de la forma; la vida falsa y peligrosa, la nostalgia rápidamente enervante y el arte del embaucador nato: si se consideraba todo este destino y cuánto otro semejante, se podía dudar de si existía en absoluto otro heroísmo que el de la debilidad. Pero, ¿qué heroísmo sería en cualquier caso más actual que este? Gustav Aschenbach era el poeta de todos aquellos que trabajan al borde del agotamiento, de los sobrecargados, de los ya desgastados que aún se mantienen erguidos, de todos esos moralistas del rendimiento que, endebles de complexión y escasos de medios, mediante un éxtasis de la voluntad y una prudente administración, obtienen de sí mismos, al menos por un tiempo, los efectos de la grandeza. Son muchos, son los héroes de la época. Y todos ellos se reconocían en su obra, se encontraban confirmados, elevados, cantados en ella, le estaban agradecidos, proclamaban su nombre.
Él había sido joven y tosco con el tiempo y, mal aconsejado por este, había tropezado públicamente, había cometido errores, se había expuesto, había incurrido en ofensas contra el tacto y la prudencia en palabra y obra. Pero había ganado la dignidad, hacia la cual, según él afirmaba, todo gran talento posee un impulso y un aguijón innatos; es más, puede decirse que todo su desarrollo había sido un ascenso consciente y obstinado, que dejaba atrás todos los frenos de la duda y de la ironía, hacia la dignidad.
La tangibilidad viva y espiritualmente no vinculante de la creación constituye el deleite de las masas burguesas, pero la juventud apasionadamente incondicional solo es cautivada por lo problemático: y Aschenbach era problemático, había sido incondicional como cualquier muchacho. Había rendido culto al intelecto, había explotado el conocimiento, molido la semilla, revelado secretos, puesto el talento bajo sospecha, traicionado el arte; sí, mientras sus creaciones entretenían, elevaban y animaban a los que disfrutaban con fe, él, el joven artista, había mantenido en vilo a los veinteañeros con sus cinismos sobre la esencia cuestionable del arte y del propio ser artista.
Pero parece que contra nada se embota un espíritu noble y capaz más rápida y profundamente que contra el agudo y amargo estímulo del conocimiento; y es cierto que la meticulosidad melancólicamente concienzuda del joven significa superficialidad en comparación con la profunda resolución del hombre que ha alcanzado la maestría de negar el saber, de rechazarlo, de pasarlo por alto con la cabeza erguida, siempre que sea susceptible de paralizar, desanimar o degradar en lo más mínimo la voluntad, la acción, el sentimiento e incluso la pasión. ¿Cómo podría interpretarse la famosa narración de «Un miserable» de otro modo que como un estallido de asco contra el psicologismo indecente de la época, encarnado en la figura de aquel semibribón blando y necio que se agencia un destino empujando a su mujer, por impotencia, por vicio, por veleidad ética, a los brazos de un imberbe y cree tener derecho a cometer bajezas por profundidad? La contundencia de la palabra con la que aquí se rechazaba lo abyecto proclamaba la renuncia a todo escepticismo moral, a toda simpatía con el abismo, la negación de la laxitud de la frase compasiva de que comprenderlo todo es perdonarlo todo, y lo que aquí se preparaba, o mejor dicho ya se consumaba, era aquel «milagro de la ingenuidad renacida», del que un poco más tarde se habló expresamente y no sin un énfasis misterioso en uno de los diálogos del autor. ¡Extrañas conexiones! ¿Fue una consecuencia espiritual de esta «renovación», de esta nueva dignidad y severidad, el que se observara por la misma época un fortalecimiento casi excesivo de su sentido de la belleza, esa noble pureza, simplicidad y simetría de la forma que confirió en adelante a sus productos una impronta tan evidente, incluso deliberada, de maestría y clasicismo? Pero la determinación moral más allá del saber, del conocimiento disolvente y paralizador, ¿no significa a su vez una simplificación, una simplificación moral del mundo y del alma y, por tanto, también un fortalecimiento hacia el mal, lo prohibido, hacia lo moralmente imposible? ¿Y no tiene la forma dos caras? ¿No es moral e inmoral al mismo tiempo: moral como resultado y expresión de la disciplina, pero inmoral e incluso antimoral en tanto que encierra por naturaleza una indiferencia moral, más aún, se esfuerza esencialmente por doblegar lo moral bajo su cetro orgulloso y absoluto?
¡Sea como fuere! Una evolución es un destino; y ¿cómo no habría de cursar de modo distinto aquella que es acompañada por la simpatía y la confianza masiva de un vasto público, de aquella otra que se consuma sin el brillo y las obligaciones de la fama? Únicamente la eterna bohemia encuentra tedioso y se inclina a la burla cuando un gran talento emerge de la libertina etapa de crisálida, se habitúa a asumir expresivamente la dignidad del espíritu y adopta las costumbres cortesanas de una soledad que estuvo llena de sufrimientos y luchas carentes de consejo, duramente independientes, y que acabó por elevarlo al poder y a los honores entre los hombres. ¡Cuánto juego, desafío y placer hay, por lo demás, en la autoconfiguración del talento! Con el tiempo, algo oficial y pedagógico se introdujo en las producciones de Gustav Aschenbach; su estilo se despojó en años posteriores de las audacias inmediatas, de los matices sutiles y novedosos, transformándose en algo modélico y firme, pulido y convencional, conservador, formal, incluso formulario; y tal como la tradición quiere que se sepa de Luis XIV, así el artista, al envejecer, desterró de su lenguaje toda palabra vulgar: fue entonces cuando ocurrió que la autoridad educativa incluyó páginas selectas de su obra en los libros de lectura escolar prescritos. Aquello era interiormente acorde con su naturaleza, y no lo rechazó cuando un príncipe alemán, recién llegado al trono, confirió al poeta del «Federico», con motivo de su quincuagésimo cumpleaños, la nobleza personal.
Tras algunos años de inquietud, y algunas estancias de prueba aquí y allá, eligió tempranamente Múnich como residencia permanente y vivió allí en el estatus de honorabilidad burguesa que, en casos singulares, se concede al espíritu. El matrimonio, que contrajo en edad todavía juvenil con una muchacha de familia erudita, fue disuelto tras un breve plazo de felicidad por la muerte. Le había quedado una hija, ya esposa. Nunca había poseído un hijo.
Gustav von Aschenbach era de estatura algo inferior a la media, moreno, afeitado. Su cabeza parecía un poco excesiva en relación con su figura casi grácil. Su cabello peinado hacia atrás, ralo en la coronilla, muy poblado y fuertemente encanecido en las sienes, enmarcaba una frente alta, accidentada y como marcada por cicatrices. El puente de unas gafas de oro con cristales sin montura cortaba la raíz de una nariz gruesa y noblemente curvada. La boca era grande, a menudo flácida, a menudo súbitamente estrecha y tensa; las mejillas, magras y surcadas; la barbilla, bien formada, presentaba una suave hendidura. Destinos importantes parecían haber pasado sobre aquella cabeza inclinada casi siempre hacia un lado con aire doliente; y, sin embargo, había sido el arte el que aquí había asumido esa modelación fisonómica que, de otro modo, es obra de una vida difícil y agitada. Detrás de esa frente habían nacido las réplicas centelleantes del diálogo entre Voltaire y el rey sobre la guerra; esos ojos, que miraban cansados y profundos a través de los cristales, habían visto el infierno sangriento de los lazaretos de la Guerra de los Siete Años. También considerada en lo personal, el arte es, en efecto, una vida intensificada. Hace feliz más profundamente, consume con mayor rapidez. Graba en el semblante de su servidor las huellas de aventuras imaginarias y espirituales, y produce a la larga, incluso en la quietud monástica de la existencia exterior, un mimado refinamiento, una fatiga y una curiosidad de los nervios, como apenas es capaz de engendrarlas una vida llena de las pasiones y goces más desenfrenados.
Capítulo tercero
Varios asuntos de naturaleza mundana y literaria retuvieron al ansioso viajero en Múnich todavía unas dos semanas después de aquel paseo. Dio finalmente orden de poner a punto su casa de campo para mudarse a ella en el plazo de cuatro semanas, y partió un día entre mediados y finales de mayo con el tren nocturno hacia Trieste, donde solo se detuvo veinticuatro horas, para embarcarse a la mañana siguiente rumbo a Pola. Lo que buscaba era lo exótico y lo inconexo que, no obstante, fuera rápido de alcanzar, y así se alojó en una isla del Adriático celebrada desde hacía algunos años, situada no lejos de la costa de Istria, con una población rural de colorido aspecto andrajoso que hablaba en sonidos extraños y salvajes, y con hermosos acantilados quebrados allí donde el mar se abría. Sin embargo, la lluvia y el aire pesado, una sociedad hotelera de mundo pequeño, cerradamente austriaca, y la falta de aquella relación sosegada e íntima con el mar que solo ofrece una playa suave y arenosa, le contrariaron, no le permitieron ganar la conciencia de haber dado con el lugar de su destino; un impulso de su interior, todavía no tenía claro hacia dónde, le inquietaba; estudió las conexiones de los barcos, miró en torno suyo buscando, y de pronto, a la vez sorprendente y evidente, tuvo su meta ante los ojos. Si uno deseaba alcanzar de la noche a la mañana lo incomparable, lo fabulosamente divergente, ¿adónde iba? Pero aquello estaba claro. ¿Qué hacía él aquí? Se había equivocado. Allí era adonde había querido viajar. No se demoró en cancelar la estancia errónea. Una semana y media después de su llegada a la isla, una veloz lancha motora lo llevó a él y a su equipaje, en un amanecer brumoso, a través de las aguas de regreso al puerto de guerra, y allí desembarcó solo para pisar de inmediato, a través de una pasarela de tablas, la cubierta húmeda de un barco que se hallaba bajo vapor para la travesía hacia Venecia.
Era una embarcación añosa de nacionalidad italiana, obsoleta, tiznada de hollín y lúgubre. En un camarote cavernoso y artificialmente iluminado del espacio interior, adonde Aschenbach fue apremiado a entrar nada más pisar el barco por un marinero jorobado y sucio de sonriente cortesía, estaba sentado tras una mesa, con el sombrero ladeado sobre la frente y una colilla de cigarrillo en la comisura de los labios, un hombre de perilla de chivo con la fisonomía de un director de circo a la antigua, que tomaba los datos personales de los viajeros y les expedía los billetes con una desenvoltura comercial que tenía algo de mueca. «¡A Venecia!», repitió la solicitud de Aschenbach, estirando el brazo y hundiendo la pluma en el contenido pastoso y residual de un tintero inclinado. «¡A Venecia, primera clase! ¡Está usted servido, caballero!». Y escribió grandes patas de gallo, espolvoreó sobre la escritura arena azul de un bote, la dejó escurrir en un cuenco de barro, dobló el papel con dedos amarillos y huesudos y escribió de nuevo. «¡Un destino felizmente elegido!», parloteaba entretanto. «¡Ah, Venecia! ¡Una ciudad magnífica! ¡Una ciudad de irresistible atracción para la persona culta, tanto por su historia como por sus encantos actuales!». La lisa rapidez de sus movimientos y la charla vacía con la que los acompañaba tenían algo aturdidor y distractivo, como si temiera que el viajero pudiera aún vacilar en su decisión de ir a Venecia. Cobró apresuradamente y dejó caer con la destreza de un crupier el importe de la vuelta sobre el tapete manchado de la mesa. «¡Buen entretenimiento, caballero!», dijo con una reverencia teatral. «Es un honor para mí transportarle… ¡Señores!», gritó enseguida con el brazo levantado, fingiendo que el negocio estaba en su curso más animado, aunque ya no había nadie más que hubiera pedido ser despachado. Aschenbach regresó a la cubierta.
Apoyado con un brazo en la barandilla, contempló al pueblo ocioso que, para asistir a la partida del barco, holgazaneaba en el muelle, y a los pasajeros de a bordo. Los de segunda clase, hombres y mujeres, estaban en cuclillas en la cubierta de proa, utilizando cajas y fardos como asientos. Un grupo de gente joven formaba la compañía de viaje de la primera cubierta, auxiliares de comercio de Pola, según parecía, que se habían unido en animado humor para una excursión a Italia. No hacían poco alarde de sí mismos y de su empresa, charlaban, reían, disfrutaban complacidos de su propia gestualidad y, inclinados sobre la barandilla, lanzaban burlas de lengua suelta a los camaradas que, con carteras bajo el brazo, caminaban por la calle del puerto en asuntos de negocios y amenazaban con el bastoncillo a los que estaban de fiesta. Uno, con un traje de verano amarillo claro de corte extramoderno, corbata roja y un panamá audazmente curvado hacia arriba, destacaba por su jovialidad ante todos los demás con voz de grajo. Mas apenas hubo Aschenbach reparado en él con mayor atención, reconoció con una suerte de espanto que el mancebo era falso. Era viejo, no cabía duda. Arrugas le rodeaban los ojos y la boca. El carmín mate de las mejillas era maquillaje; el cabello castaño bajo el sombrero de paja rodeado de cinta de color, peluca; su cuello, consumido y tendinoso; su bigotito postizo y la mosca en la barbilla, teñidos; su dentadura amarilla y completa, que mostraba al reír, un sustituto barato, y sus manos, con anillos de sello en ambos dedos índices, eran las de un anciano. Con una sensación de horror, Aschenbach lo observó a él y a su comunidad con los amigos. ¿No sabían, no notaban que era viejo, que injustamente llevaba su vestimenta petimetre y colorida, que injustamente fingía ser uno de los suyos? Con naturalidad y por hábito, según parecía, lo toleraban en su centro, lo trataban como a un igual, correspondían sin repugnancia a sus bromistas codazos en las costillas. ¿Cómo ocurría aquello? Aschenbach se cubrió la frente con la mano y cerró los ojos, que estaban calientes, pues había dormido demasiado poco. Le pareció como si no todo se presentara de forma enteramente habitual, como si una ensoñadora enajenación, una deformación del mundo hacia lo extraño, comenzara a extenderse, a la que tal vez se podría poner coto si oscurecía un poco su rostro y miraba de nuevo a su alrededor. En ese instante, sin embargo, le tocó la sensación de estar flotando, y alzando la vista con un susto irracional, advirtió que el pesado y lúgubre cuerpo del barco se desprendía lentamente de la orilla amurallada. Pulgada a pulgada, bajo el trabajo de avance y retroceso de la máquina, se ensanchaba la franja de agua de brillo sucio entre el muelle y el costado del barco, y tras pesadas maniobras el vapor volvió su bauprés hacia el mar abierto. Aschenbach pasó al lado de estribor, donde el jorobado le había abierto una tumbona y un camarero con frac manchado preguntaba por sus órdenes.
El cielo estaba gris, el viento húmedo; el puerto y las islas habían quedado atrás, y rápidamente toda tierra se perdió del horizonte brumoso. Copos de polvo de carbón, hinchados por la humedad, caían sobre la cubierta lavada que no quería secarse. Ya después de una hora se extendió un toldo de lona, pues comenzó a llover.
Envuelto en su abrigo, un libro en el regazo, descansaba el viajero, y las horas se le escurrieron inadvertidamente. Había dejado de llover; retiraron el techo de lienzo. El horizonte era perfecto. Bajo la ancha cúpula del cielo se extendía en derredor el disco inmenso del mar desierto; pero en el espacio vacío, desarticulado, falta a nuestro sentido también la medida del tiempo, y crepusculamos en lo inconmensurable. Figuras extrañas como sombras, el viejo petimetre, el barba de chivo del interior del barco, pasaban con gestos indeterminados, con confusas palabras de sueño por el espíritu del que reposaba, y se quedó dormido.
A mediodía le instaron a bajar para que tomara la comida encargada en el comedor semejante a un pasillo, al que daban las puertas de los camarotes, en la cabecera de una larga mesa en cuyo extremo inferior los auxiliares de comercio, incluido el viejo, bebían con el alegre capitán desde las diez. La comida era pobre y la terminó rápidamente. Se sintió impulsado a salir al aire libre, a mirar al cielo: si no querría aclararse sobre Venecia.
No había pensado otra cosa sino que esto debía suceder, pues la ciudad siempre lo había recibido con brillo. Pero cielo y mar permanecían turbios y plomizos, temporalmente caía una lluvia neblinosa, y él se resignó a alcanzar por la vía del agua una Venecia diferente a la que, acercándose por tierra, había encontrado siempre. Estaba junto al palo de trinquete, la mirada en la lejanía, esperando la tierra. Recordó al poeta melancólico-entusiasta, para quien en otro tiempo las cúpulas y los campanarios de su sueño habían surgido de estas olas; repitió en silencio algo de lo que entonces, hecho de veneración, dicha y tristeza, se había convertido en canto mesurado, y movido sin esfuerzo por un sentimiento ya plasmado, examinó su corazón serio y cansado, por si un entusiasmo y una confusión renovadores, una aventura tardía del sentimiento, pudieran estar reservados todavía al ocioso viajero.
Entonces emergió a la derecha la costa plana, barcas de pesca animaron el mar, apareció la isla de los baños, el vapor la dejó a la izquierda, se deslizó a marcha lenta por el puerto estrecho que lleva su nombre y, en la laguna, frente a viviendas de colorido aspecto miserable, se detuvo por completo, pues debía esperarse a la barca del servicio sanitario.
Pasó una hora hasta que apareció. Se había llegado y no se había llegado; no se tenía prisa y, sin embargo, uno se sentía impelido por la impaciencia. Los jóvenes de Pola, atraídos patrióticamente también, sin duda, por los toques de corneta militares que sonaban a través del agua desde la zona de los jardines públicos, habían subido a cubierta y, entusiasmados por el Asti, lanzaban vivas a los bersaglieri que hacían la instrucción al otro lado. Pero era repugnante ver en qué estado había puesto al viejo engalanado su falsa comunidad con la juventud. Su viejo cerebro no había sido capaz de resistir al vino como los juveniles y vigorosos; estaba lamentablemente borracho. Con mirada embrutecida, un cigarrillo entre los dedos temblorosos, se tambaleaba, manteniendo a duras penas el equilibrio, en el mismo sitio, tirado hacia delante y hacia atrás por la embriaguez. Puesto que al primer paso se habría caído, no se atrevía a moverse del lugar, pero mostraba una arrogancia lastimosa, sujetaba por el botón a todo el que se le acercaba, balbuceaba, guiñaba el ojo, reía tontamente, alzaba su dedo índice anillado y arrugado para una necia broma y se lamía de una manera repulsivamente equívoca las comisuras de la boca con la punta de la lengua. Aschenbach lo observaba con el ceño fruncido, y de nuevo le asaltó un sentimiento de aturdimiento, como si el mundo mostrara una ligera, aunque incontenible tendencia a deformarse hacia lo extraño y lo grotesco; un sentimiento al que, ciertamente, las circunstancias le impidieron entregarse, ya que precisamente la actividad palpitante de la máquina comenzó de nuevo y el barco reanudó su viaje, interrumpido tan cerca de la meta, por el canal de San Marco. Así lo vio él, pues, de nuevo, el desembarcadero más asombroso, aquella deslumbrante composición de arquitectura fantástica que la República presentaba a las miradas reverentes de los navegantes que se aproximaban: la leve magnificencia del Palacio y el Puente de los Suspiros, las columnas con el león y el santo en la orilla, el flanco del templo de cuento que avanzaba con ostentación, la vista a través de la puerta hacia el reloj gigante, y contemplando consideró que llegar a Venecia por tierra, en la estación de tren, significaba entrar en un palacio por una puerta trasera, y que no se debía alcanzar la más improbable de las ciudades de otro modo que como él ahora, en barco, a través del alto mar.
La máquina paró, las góndolas se apretujaron acercándose, la escala real fue bajada, funcionarios de aduanas subieron a bordo y ejercieron superficialmente su oficio; el desembarco podía comenzar. Aschenbach dio a entender que deseaba una góndola que lo llevara a él y a su equipaje a la estación de esos pequeños vapores que circulan entre la ciudad y el Lido; pues pensaba tomar alojamiento junto al mar. Se aprueba su propósito, se grita su deseo hacia la superficie del agua, donde los gondoleros riñen entre sí en dialecto. Él está todavía impedido para bajar, su baúl le impide, el cual es arrastrado y bajado con esfuerzo en este momento por la escalera semejante a una escala de mano. Así se ve durante minutos incapaz de escapar a las importunidades del espantoso viejo, a quien la embriaguez impulsa oscuramente a hacer los honores de despedida al forastero. «Deseamos la más feliz de las estancias», bala entre reverencias. «¡Nos encomendamos a su grato recuerdo! Au revoir, excusez y bon jour, ¡su Excelencia!». Se le hace la boca agua, cierra los ojos, se lame las comisuras de los labios, y la mosca teñida de su labio de anciano se eriza. «Nuestros cumplidos», balbucea, con dos puntas de los dedos en la boca, «nuestros cumplidos a la amada, a la encantadora, a la más hermosa amada…». Y de pronto la dentadura postiza superior se le cae de la mandíbula sobre el labio inferior. Aschenbach pudo escapar. «A la amada, a la fina amada», oyó a su espalda en sonidos arrulladores, huecos y entorpecidos, mientras descendía por la escala real agarrándose al pasamanos de cuerda.
¿Quién no habría tenido que reprimir un fugaz escalofrío, una secreta timidez y opresión, cuando se trataba de subir por primera vez o tras una larga desacostumbre a una góndola veneciana? La extraña embarcación, heredada de tiempos de balada completamente inalterada y tan peculiarmente negra como, por lo demás, solo son los ataúdes entre todas las cosas, recuerda a aventuras silenciosas y criminales en la noche chapoteante, recuerda aún más a la muerte misma, al féretro y al lúgubre cortejo y al último viaje silencioso. ¿Y se ha notado que el asiento de tal barca, ese sillón barnizado de negro ataúd, tapizado de negro mate, es el asiento más blando, más lujoso, más relajante del mundo? Aschenbach lo advirtió cuando se hubo sentado a los pies del gondolero, frente a su equipaje, que yacía limpiamente reunido en la proa. Los remeros reñían todavía, roncamente, incomprensiblemente, con gestos amenazadores. Pero el silencio particular de la ciudad de agua parecía acoger sus voces suavemente, descorporeizarlas, dispersarlas sobre la marea. Hacía calor aquí en el puerto. Tibiamente tocado por el aliento del Siroco, recostado en cojines sobre el elemento dócil, el viajero cerró los ojos en el goce de una languidez tan desacostumbrada como dulce. El viaje será corto, pensó; ¡ojalá durara para siempre! En leve oscilación se sintió escapar del gentío, de la confusión de voces.
¡Qué silencio, y más silencio se hizo en torno a él! Nada se percibía salvo el chapoteo del remo, el golpe hueco de las olas contra la proa de la barca, que se alzaba sobre el agua empinada, negra y armada en la punta a modo de alabarda, y aún una tercera cosa, un hablar, un susurrar: el cuchicheo del gondolero, que hablaba para sí mismo entre dientes, a ráfagas, en sonidos que eran prensados por el trabajo de sus brazos. Aschenbach alzó la vista y, con ligera extrañeza, advirtió que a su alrededor la laguna se ensanchaba y su viaje se dirigía hacia mar abierto. Parecía, por consiguiente, que no debía descansar demasiado, sino estar un poco atento al cumplimiento de su voluntad.
—¡A la estación de los vapores, pues! —dijo con medio giro hacia atrás. El susurro enmudeció. No recibió respuesta.
—¡A la estación de los vapores, pues! —repitió, volviéndose por completo y mirando hacia arriba, al rostro del gondolero, que se erguía tras él, de pie sobre la borda elevada, ante el cielo pálido. Era un hombre de fisonomía desagradable, incluso brutal, vestido de azul marinero, ceñido con una faja amarilla y con un sombrero de paja informe, cuyo trenzado comenzaba a deshacerse, calado con audacia torcida sobre la cabeza. La estructura de su cara, su bigote rubio y rizado bajo la nariz brevemente respingona, no le hacían parecer en absoluto de tipo italiano. Aunque de constitución corporal más bien enjuta, de modo que no se le hubiera creído especialmente apto para su oficio, manejaba el remo, empleando en cada golpe todo el cuerpo, con gran energía. Un par de veces retiró los labios por el esfuerzo y dejó al descubierto sus dientes blancos. Fruncidas las cejas rojizas, miró por encima del cliente, respondiendo con tono decidido, casi grosero:
—Usted va al Lido.
Aschenbach replicó:
—Ciertamente. Pero solo he tomado la góndola para hacerme cruzar hasta San Marco. Deseo utilizar el vaporetto.
—Usted no puede utilizar el vaporetto, caballero.
—¿Y por qué no?
—Porque el vaporetto no transporta equipaje.
Aquello era cierto; Aschenbach lo recordó. Calló. Pero la manera brusca, soberbia, tan poco habitual en el país frente a un forastero, de aquel hombre parecía insufrible. Dijo:
—Ese es mi asunto. Quizá quiera dejar mi equipaje en depósito. Usted va a dar la vuelta.
Permaneció callado. El remo chapoteaba, el agua golpeaba sordamente en la proa. Y el hablar y susurrar comenzó de nuevo: el gondolero hablaba entre dientes consigo mismo.
¿Qué hacer? Solo sobre la marea con aquel hombre extrañamente insubordinado, siniestramente decidido, el viajero no veía medio de imponer su voluntad. Cuán suavemente podía reposar, por lo demás, si no se rebelaba. ¿No había deseado que el viaje fuera largo, que durara para siempre? Lo más prudente era dejar a las cosas seguir su curso, y era principalmente sumamente agradable. Un hechizo de inercia parecía emanar de su asiento, de este sillón bajo, tapizado de negro, tan suavemente mecido por los golpes de remo del despótico gondolero a su espalda. La idea de haber caído en manos de un criminal rozó oníricamente el sentido de Aschenbach, incapaz de convocar sus pensamientos para una defensa activa. Más enojosa parecía la posibilidad de que todo estuviera planeado para una simple estafa. Una especie de sentimiento del deber o de orgullo, el recuerdo, por así decirlo, de que uno debía prevenir aquello, le movió a incorporarse una vez más. Preguntó:
—¿Qué pide usted por el trayecto?
Y mirando por encima de él, respondió el gondolero:
—Usted pagará.
Estaba claro qué había que replicar a esto. Aschenbach dijo mecánicamente:
—Yo no pagaré nada, absolutamente nada, si usted me lleva adonde yo no quiero.
—Usted quiere ir al Lido.
—Pero no con usted.
—Usted me lleva bien.
Eso es verdad, pensó Aschenbach y se relajó. Eso es verdad, tú me llevas bien. Incluso si lo que pretendes es mi dinero en efectivo y me envías por la espalda de un golpe de remo a la casa de Hades, me habrás llevado bien. Sin embargo, nada de eso sucedió. Incluso apareció compañía, una barca con salteadores de caminos musicales, hombres y mujeres, que cantaban con guitarra y mandolina, navegaban importunamente borda con borda con la góndola y llenaban el silencio sobre las aguas con su interesada poesía para forasteros. Aschenbach echó dinero en el sombrero que le tendían. Callaron entonces y se alejaron. Y el susurro del gondolero fue perceptible de nuevo, hablando consigo mismo a ráfagas y de forma entrecortada.
Así se llegó, pues, mecidos por la estela de un vapor que se dirigía a la ciudad. Dos funcionarios municipales, con las manos a la espalda, los rostros vueltos hacia la laguna, se paseaban de un lado a otro en la orilla. Aschenbach abandonó la góndola en el muelle, ayudado por aquel viejo que en cada desembarcadero de Venecia está presente con su garfio de abordaje; y como carecía de dinero suelto, cruzó al hotel vecino al puente de los vapores para cambiar allí y pagar al remero según su criterio. Es atendido en el vestíbulo, regresa, encuentra su equipaje en un carro en el muelle, y góndola y gondolero han desaparecido.
—Se ha largado —dijo el viejo del garfio—. Un mal hombre, un hombre sin concesión, mi señor. Es el único gondolero que no posee concesión. Los otros han telefoneado aquí. Vio que se le esperaba. Entonces se ha largado.
Aschenbach se encogió de hombros.
—El señor ha hecho el viaje en balde —dijo el viejo, tendiendo el sombrero.
Aschenbach arrojó unas monedas en su interior. Dio orden de que llevaran su equipaje al Hotel de los Baños y siguió al carromato por la avenida, la avenida de floración blanca que, flanqueada a ambos lados por tabernas, bazares y pensiones, atraviesa la isla en dirección a la playa.
Entró en el vasto hotel por la parte trasera, desde la terraza del jardín, y atravesó el gran vestíbulo y el recibidor hasta la oficina. Como su llegada estaba anunciada, fue recibido con servicial complicidad. Un gerente, hombre pequeño, silencioso y aduladoramente cortés, de bigote negro y levita de corte francés, le acompañó en el ascensor hasta el segundo piso y le asignó su habitación: una estancia agradable, amueblada en madera de cerezo, que habían adornado con flores de aroma intenso y cuyos altos ventanales ofrecían vistas al mar abierto. Se acercó a uno de ellos en cuanto el empleado se hubo retirado y, mientras introducían el equipaje a sus espaldas y lo acomodaban en el cuarto, contempló la playa, escasa de gente a aquellas horas de la tarde, y el mar sin sol, que se hallaba en pleamar y enviaba contra la orilla olas bajas y alargadas en sosegado compás.
Las observaciones y encuentros de quien vive en soledad y silencio son a la vez más borrosos y más penetrantes que los del hombre sociable; sus pensamientos, más graves, más extraños y nunca exentos de un atisbo de tristeza. Imágenes y percepciones que se despacharían fácilmente con una mirada, una risa o un intercambio de opiniones, se ocupan de él desmedidamente, se profundizan en el silencio, cobran significado, se convierten en vivencia, en aventura, en sentimiento. La soledad engendra lo original, la belleza atrevida y desconcertante, el poema. Pero la soledad engendra también lo erróneo, lo desproporcionado, lo absurdo y lo ilícito. Así, las apariciones del viaje, el horrible viejo petimetre con sus desvaríos sobre la amada, el gondolero proscrito y estafado en su salario, inquietaban todavía el ánimo del viajero. Sin plantear dificultades a la razón, sin dar propiamente materia para la reflexión, eran, no obstante, fundamentalmente extraños por naturaleza, tal como a él le parecía, e inquietantes quizá precisamente por esa contradicción. Entretanto saludó al mar con los ojos y sintió la alegría de saber a Venecia en una cercanía tan accesible. Finalmente se volvió, se lavó la cara, dio a la camarera algunas instrucciones para completar su comodidad y se hizo bajar a la planta baja por el suizo vestido de verde que manejaba el ascensor.
Tomó el té en la terraza que daba al mar, descendió luego y siguió el muelle del paseo un buen trecho en dirección al Hotel Excelsior. Cuando regresó, parecía ya hora de vestirse para la cena. Lo hizo despacio y con minucia, según su costumbre, pues estaba habituado a trabajar durante el aseo, y aun así se presentó un poco temprano en el vestíbulo, donde encontró reunida a gran parte de los huéspedes del hotel, desconocidos entre sí y en fingida indiferencia mutua, pero unidos en la común expectativa de la comida. Tomó un periódico de la mesa, se acomodó en un sillón de cuero y observó a la concurrencia, que se distinguía de la de su primera estancia de un modo que le resultaba agradable.
Se abría un horizonte amplio, tolerantemente abarcador. Amortiguados, se mezclaban los sonidos de las grandes lenguas. El traje de etiqueta, de validez universal, uniforme de la civilización, reunía exteriormente las variantes de lo humano en una unidad decorosa. Se veía el semblante seco y alargado del americano, la numerosa familia rusa, damas inglesas, niños alemanes con niñeras francesas. El componente eslavo parecía predominar. Justo a su lado se hablaba polaco.
Era un grupo de adolescentes y niños, reunidos en torno a una mesita de mimbre bajo la tutela de una institutriz o dama de compañía: tres muchachas, de entre quince y diecisiete años al parecer, y un muchacho de cabello largo de unos catorce años. Con asombro notó Aschenbach que el muchacho era perfectamente bello. Su rostro —pálido y graciosamente cerrado, rodeado de rizos de color miel, con la nariz rectamente descendente, la boca adorable y una expresión de dulce y divino rigor— recordaba a la estatuaria griega de la época más noble, y con la más pura perfección de la forma poseía un encanto tan único y personal que quien lo contemplaba creía no haber hallado jamás, ni en la naturaleza ni en las artes plásticas, algo tan felizmente logrado. Lo que además llamaba la atención era un contraste manifiestamente fundamental entre los criterios educativos según los cuales parecían vestidos y tratados en general los hermanos. El atavío de las tres muchachas, de las cuales la mayor podía pasar ya por adulta, era áspero y casto hasta la desfiguración. Un traje uniformemente monacal, color pizarra, de largo medio, sobrio y de corte deliberadamente poco favorecedor, con cuellos blancos caídos como única nota clara, oprimía y estorbaba cualquier garbo de la figura. El cabello, pegado liso y firme a la cabeza, hacía que los rostros parecieran vacíos e inexpresivos, como de monjas. Ciertamente, era una madre quien allí gobernaba, y ni siquiera pensaba en aplicar al muchacho la severidad pedagógica que le parecía obligada para con las chicas. La suavidad y la ternura determinaban visiblemente su existencia. Se habían guardado de aplicar la tijera a su hermoso cabello; tal como en el Espinario, los rizos caían sobre la frente, sobre las orejas y aún más profundamente sobre la nuca. Un traje de marinero inglés, cuyas mangas abombadas se estrechaban hacia abajo y ceñían ajustadamente las finas muñecas de sus manos todavía infantiles pero estrechas, confería con sus cordones, lazos y bordados algo rico y mimado a su delicada figura. Estaba sentado, en medio perfil hacia el observador, con un pie con zapato de charol negro colocado delante del otro, un codo apoyado en el brazo de su sillón de mimbre, la mejilla reclinada contra la mano cerrada, en una postura de lánguida decencia y completamente exenta de esa rigidez casi subordinada a la que sus hermanas parecían habituadas. ¿Estaba enfermo? Pues la piel de su rostro destacaba blanca como el marfil contra la dorada oscuridad de los rizos que la enmarcaban. ¿O era simplemente un hijo predilecto y mimado, sostenido por un amor parcial y caprichoso? Aschenbach se inclinaba a creer esto último. Casi toda naturaleza de artista lleva innata una tendencia lujosa y traicionera a reconocer la injusticia que crea belleza y a brindar simpatía y homenaje a la preferencia aristocrática.
Un camarero circulaba anunciando en inglés que la comida estaba lista. Gradualmente la sociedad se fue perdiendo a través de la puerta acristalada hacia el comedor. Los rezagados, llegando desde el vestíbulo o los ascensores, pasaban de largo. Dentro habían comenzado a servir, pero los jóvenes polacos permanecían aún alrededor de su mesita de mimbre, y Aschenbach, confortablemente instalado en su profundo sillón y teniendo, por lo demás, la belleza ante sus ojos, esperó con ellos.
La gobernanta, una semi-dama pequeña y corpulenta de cara roja, dio finalmente la señal de levantarse. Con las cejas alzadas empujó su silla hacia atrás y se inclinó cuando una mujer alta, vestida de gris y blanco y muy ricamente adornada con perlas, entró en el vestíbulo. El porte de esta mujer era frío y mesurado; el arreglo de su cabello ligeramente empolvado, así como la confección de su vestido, eran de esa sencillez que determina el gusto allí donde la piedad cuenta como parte integrante de la distinción. Podría haber sido la esposa de un alto funcionario alemán. Algo de dispendio fantástico entraba en su apariencia únicamente a través de sus joyas, que de hecho eran casi inestimables y consistían en pendientes y en un collar triple y muy largo de perlas del tamaño de cerezas, de suave brillo.
Los hermanos se habían levantado rápidamente. Se inclinaron para besar la mano de su madre, quien, con una sonrisa reservada en su rostro cuidado pero algo cansado y de nariz afilada, miró por encima de sus cabezas y dirigió algunas palabras en lengua francesa a la institutriz. Luego caminó hacia la puerta de cristal. Los hermanos la siguieron: las chicas en el orden de su edad, tras ellas la gobernanta, y por último el muchacho. Por alguna razón, él se volvió antes de cruzar el umbral, y como no quedaba nadie más en el vestíbulo, sus singulares ojos de color gris crepuscular se encontraron con los de Aschenbach, quien, con el periódico sobre las rodillas, sumido en la contemplación, seguía al grupo con la mirada.
Lo que había visto no había sido ciertamente llamativo en ningún detalle. No habían pasado a la mesa antes que la madre, la habían esperado, la habían saludado respetuosamente y habían observado las formas usuales al entrar en el salón. Pero todo aquello se había representado tan expresamente, con tal acento de disciplina, obligación y respeto por sí mismos, que Aschenbach se sintió extrañamente conmovido. Vaciló aún unos instantes, pasó luego también por su parte al comedor y dejó que le asignaran su mesita, la cual, como constató con un breve movimiento de pesar, estaba muy alejada de la de la familia polaca.
Cansado y sin embargo mentalmente agitado, se entretuvo durante la larga comida con cosas abstractas, incluso trascendentes; meditó sobre la misteriosa unión que lo sujeto a la ley debe contraer con lo individual para que surja la belleza humana, pasó de ahí a problemas generales de la forma y del arte y halló al final que sus pensamientos y hallazgos se asemejaban a ciertas inspiraciones aparentemente felices del sueño, que, con los sentidos ya sobrios, se revelan completamente insustanciales e inútiles. Después de comer se quedó fumando, sentado o paseando por el parque perfumado por la noche, se retiró temprano a descansar y pasó la noche en un sueño sostenidamente profundo, pero animado de diversas maneras por imágenes oníricas.
El tiempo no se presentó más favorable al día siguiente. Soplaba viento de tierra. Bajo un cielo pálido y cubierto yacía el mar en una calma sorda, como encogido, con el horizonte sobrio y cercano y tan retirado de la playa que dejaba libres varias filas de largos bancos de arena. Cuando Aschenbach abrió su ventana, creyó percibir el olor putrefacto de la laguna.
El malhumor se apoderó de él. Ya en ese momento pensó en la partida. Una vez, hacía años, tras dos alegres semanas de primavera, este tiempo le había asolado aquí y había dañado su salud tan gravemente que tuvo que abandonar Venecia como un fugitivo. ¿No se presentaba ya de nuevo la febril desgana de entonces, la presión en las sienes, la pesadez de los párpados? Cambiar una vez más de residencia sería molesto; pero si el viento no viraba, no podría permanecer allí. Por seguridad, no desempaquetó del todo. A las nueve desayunó en la sala de bufé reservada para ello, entre el vestíbulo y el comedor.
En la estancia reinaba ese silencio solemne que pertenece a la ambición de los grandes hoteles. Los camareros de servicio caminaban con paso quedo. El tintineo de la vajilla de té, una palabra susurrada a medias, era todo lo que se oía. En un rincón, diagonalmente opuesto a la puerta y a dos mesas de la suya, observó Aschenbach a las muchachas polacas con su institutriz. Muy erguidas, el cabello rubio ceniza recién alisado y con los ojos enrojecidos, vestidas con rígidos trajes de lino azul con pequeños cuellos blancos caídos y puños, estaban allí sentadas y se pasaban un tarro de mermelada. Habían terminado casi con su desayuno. Faltaba el muchacho.
Aschenbach sonrió. «¡Vaya, pequeño feacio!», pensó. «Tú pareces gozar, frente a estas, del privilegio de dormir cuanto te plazca». Y repentinamente alegrado, se recitó a sí mismo el verso:
«A menudo, mudanzas de ropa, y baños calientes y reposo».
Desayunó sin prisa, recibió de manos del portero, que entró en la sala con la gorra galoneada en la mano, algún correo reenviado y abrió, fumando un cigarrillo, un par de cartas. Así sucedió que asistió a la entrada del dormilón, a quien esperaban allá enfrente.
Entró por la puerta acristalada y cruzó en silencio la sala en diagonal hacia la mesa de sus hermanas. Su andar, tanto en la postura del torso como en el movimiento de las rodillas y en el posar del pie calzado de blanco, era de una gracia extraordinaria, muy leve, a la vez delicado y altivo, y embellecido aún por el pudor infantil con el cual, dos veces en el camino, volviendo la cabeza hacia la sala, alzó y bajó los ojos. Sonriendo, con una palabra a media voz en su lengua suavemente borrosa, ocupó su asiento, y ahora especialmente, al volver su perfil exacto hacia el observador, este se asombró de nuevo, sí, se asustó ante la belleza verdaderamente semejante a la de un dios de aquel hijo del hombre. El muchacho llevaba hoy un traje ligero de blusa de tela lavable a rayas azules y blancas, con un lazo de seda roja en el pecho y cerrado al cuello por un sencillo cuello blanco y rígido. Pero sobre este cuello, que ni siquiera quería casar con especial elegancia con el carácter del traje, descansaba la flor de la cabeza con un encanto incomparable: la cabeza de Eros, con el brillo amarillento del mármol de Paros, con cejas finas y serias, sienes y orejas cubiertas oscura y suavemente por el rizo del cabello que caía en ángulo recto.
«Bien, bien», pensó Aschenbach con esa aprobación fríamente técnica en la que los artistas visten a veces su arrebato, su éxtasis frente a una obra maestra. Y pensó además: «¡Verdaderamente, si no me esperaran el mar y la playa, me quedaría aquí mientras tú te quedases!». Pero entonces se marchó, pasó bajo las atenciones del personal a través del vestíbulo, bajó la gran terraza y siguió derecho por la pasarela de tablas hasta la playa acotada para los huéspedes del hotel. Se hizo asignar la caseta de playa alquilada por el viejo descalzo que, con pantalón de lienzo, blusa de marinero y sombrero de paja, oficiaba allí abajo de bañero, hizo sacar la mesa y la silla a la plataforma de tablas arenosas y se acomodó en la tumbona, que había arrastrado más hacia el mar, sobre la arena de color cera amarilla.
El cuadro de la playa, esa visión de cultura disfrutando sensualmente y sin preocupaciones al borde del elemento, le entretenía y alegraba como siempre. Ya estaba el mar gris y llano animado por niños vadeando, nadadores, figuras coloridas que, con los brazos cruzados bajo la cabeza, yacían en los bancos de arena. Otros remaban en pequeños botes pintados de rojo y azul sin quilla y volcaban riendo. Ante la extendida hilera de las casetas, en cuyas plataformas se estaba sentado como en pequeñas verandas, había movimiento de juegos y reposo perezosamente tendido, visitas y charlas, cuidadosa elegancia matutina junto a la desnudez que, con audaz comodidad, disfrutaba de las libertades del lugar. Delante, en la arena húmeda y firme, paseaban algunos individuos en albornoces blancos, en amplios camisones de colores fuertes. Un complejo castillo de arena a la derecha, construido por niños, estaba adornado alrededor con banderitas de los colores de todos los países. Vendedores de conchas, pasteles y frutas extendían sus mercancías arrodillados. A la izquierda, delante de una de las casetas que estaban transversales a la fila de las demás y al mar y formaban en este lado un cierre de la playa, acampaba una familia rusa: hombres con barbas y dientes grandes, mujeres lánguidas y fofas, una señorita báltica que sentada ante un caballete pintaba el mar entre exclamaciones de desesperación, dos niños de bondadosa fealdad, una vieja criada con pañuelo en la cabeza y con tiernos modales de esclava sumisa. Vivían allí disfrutando con gratitud, gritaban incansablemente los nombres de los niños que retozaban desobedientes, bromeaban largo rato mediante pocas palabras italianas con el humorístico viejo a quien compraban dulces, se besaban unos a otros en las mejillas y no se preocupaban de ningún observador de su comunidad humana.
«Así que me quedaré», pensó Aschenbach. «¿Dónde estaría mejor?». Y con las manos cruzadas en el regazo, dejó que sus ojos se perdieran en las lejanías del mar, que su mirada se deslizara, se difuminara, se quebrara en la bruma monótona del desierto espacial. Amaba el mar por razones profundas: por el anhelo de reposo del artista que trabaja duramente, que ante la exigente multiformidad de los fenómenos desea ocultarse en el seno de lo simple, de lo inmenso; por una inclinación prohibida, precisamente opuesta a su tarea y por ello mismo seductora, hacia lo inarticulado, lo desmesurado, lo eterno, hacia la nada. Reposar en lo perfecto es la añoranza de quien se esfuerza por lo excelente; ¿y no es la nada una forma de lo perfecto? Pero mientras soñaba así profundamente en el vacío, la horizontal del borde de la orilla fue cortada repentinamente por una figura humana, y cuando recogió su mirada de lo ilimitado y la concentró, vio que era el bello muchacho, que viniendo desde la izquierda pasaba ante él por la arena. Iba descalzo, listo para vadear, las piernas esbeltas descubiertas hasta por encima de las rodillas, despacio, pero tan ligero y orgulloso como si estuviera totalmente acostumbrado a moverse sin calzado, y miraba hacia las casetas transversales. Pero apenas hubo notado a la familia rusa, que allí en agradecida concordia desplegaba su esencia, una tormenta de iracundo desprecio cubrió su rostro. Su frente se oscureció, su boca se elevó, de los labios hacia un lado partió una mueca amarga que distorsionó la mejilla, y sus cejas se fruncieron tan pesadamente que bajo su presión los ojos parecían hundidos y, malignos y oscuros, lanzaban desde abajo el lenguaje del odio. Miró al suelo, miró una vez más atrás amenazadoramente, hizo luego con el hombro un violento movimiento de desdén y dejó a los enemigos a su espalda.
Una suerte de delicadeza o de espanto, algo como respeto y vergüenza, indujo a Aschenbach a volverse, como si no hubiera visto nada; pues al serio observador casual de la pasión le repugna hacer uso de sus percepciones, aunque sea solo ante sí mismo. Pero estaba regocijado y conmocionado a la vez, es decir: feliz. Ese fanatismo infantil, dirigido contra el trozo de vida más bondadoso... ponía lo divinamente inexpresivo en relaciones humanas; hacía que una preciosa obra de arte de la naturaleza, que solo había servido para deleite de los ojos, pareciera digna de una participación más profunda; y otorgaba a la figura del adolescente, ya de por sí significativa por su belleza, un fondo político-histórico que permitía tomarlo en serio más allá de sus años.
Todavía vuelto de espaldas, escuchó Aschenbach la voz del muchacho, su voz clara, un poco débil, con la que intentaba anunciarse saludando ya desde lejos a los compañeros de juego ocupados alrededor del castillo de arena. Le contestaron gritándole varias veces su nombre o una forma familiar de su nombre, y Aschenbach aguzó el oído con cierta curiosidad, sin poder captar nada más preciso que dos sílabas melódicas como «Adgio» o, más frecuentemente, «Adgiu», con un sonido de u prolongado a modo de llamada al final. Se alegró del sonido, lo encontró en su eufonía adecuado al objeto, lo repitió en silencio y se volvió satisfecho hacia sus cartas y papeles.
Con su pequeña carpeta de viaje sobre las rodillas, comenzó a despachar con la pluma estilográfica esta y aquella correspondencia. Pero al cabo de un cuarto de hora le pareció ya una lástima abandonar así en espíritu la situación, la más digna de goce que conocía, y desaprovecharla mediante una actividad indiferente. Arrojó a un lado los útiles de escritura, se volvió hacia el mar, y no mucho después giró, distraído por las voces de la juventud en la construcción de arena, la cabeza cómodamente sobre el respaldo de la silla hacia la derecha, para volver a ocuparse del trajín y la estancia del excelente Adgio.
La primera mirada lo encontró; el lazo rojo en su pecho no tenía pérdida. Ocupado con otros en colocar un viejo tablón como puente sobre el foso húmedo del castillo de arena, daba sus instrucciones para esta obra gritando y haciendo señas con la cabeza. Había allí con él aproximadamente diez camaradas, muchachos y muchachas, de su edad y algunos más jóvenes, que parloteaban mezclando lenguas, polaco, francés y también idiomas balcánicos. Pero era su nombre el que sonaba más a menudo. Evidentemente era deseado, cortejado, admirado. Uno en particular, polaco igual que él, un muchacho fornido al que llamaban algo parecido a «Jaschu», con pelo negro y pomadizado y traje de lino con cinturón, parecía su vasallo y amigo más cercano. Cuando el trabajo en la construcción de arena terminó por esta vez, caminaron abrazados a lo largo de la playa, y el que era llamado «Jaschu» besó al bello.
Aschenbach sintió la tentación de amenazarle con el dedo. «Pero a ti te aconsejo, Critóbulo», pensó sonriendo, «¡vete un año de viaje! Pues al menos tanto tiempo necesitas para curarte». Y luego desayunó fresas grandes y muy maduras que adquirió a un vendedor. Hacía mucho calor, aunque el sol no lograba atravesar la capa de bruma del cielo. La pereza encadenaba el espíritu, mientras los sentidos disfrutaban del inmenso y aturdidor entretenimiento de la calma marina. Adivinar, investigar qué nombre sería aquel que sonaba aproximadamente «Adgio», pareció al hombre serio una tarea y ocupación adecuada y que le llenaba por completo. Y con ayuda de algunos recuerdos polacos determinó que debía tratarse de «Tadzio», la abreviatura de «Tadeusz», y que en la vocación sonaba «Tadziu». Tadzio se bañaba. Aschenbach, que lo había perdido de vista, descubrió su cabeza, su brazo, con el que tomaba impulso al remar, muy lejos mar adentro; pues el mar debía de ser poco profundo hasta muy lejos. Pero ya parecían preocupados por él, ya le llamaban voces de mujeres desde las casetas, proferían de nuevo ese nombre que dominaba la playa casi como una consigna y que con sus suaves consonantes, su sonido de u prolongado al final, tenía algo a la vez dulce y salvaje: «¡Tadziu, Tadziu!». Él obedeció, corrió, batiendo con las piernas el agua resistente hasta convertirla en espuma, con la cabeza echada hacia atrás a través de la marea; y ver cómo la figura viva, viril con antelación, graciosa y áspera, con los rizos goteantes y hermosa como un tierno dios, viniendo desde las profundidades del cielo y el mar, surgía y escapaba del elemento: esta visión inspiraba representaciones míticas, era como un mensaje poético de los tiempos primigenios, del origen de la forma y del nacimiento de los dioses. Aschenbach escuchaba con los ojos cerrados este canto que resonaba en su interior; y pensó una vez más que se estaba bien allí y que quería quedarse.
Más tarde Tadzio yacía, descansando del baño, en la arena, envuelto en su sábana blanca, que estaba pasada por debajo del hombro derecho, la cabeza apoyada sobre el brazo desnudo; y aunque Aschenbach no lo mirase, sino que leyera algunas páginas de su libro, casi nunca olvidaba que aquel yacía allí y que solo le costaba un leve giro de cabeza hacia la derecha para contemplar lo admirable. Casi le parecía como si estuviera sentado allí para custodiar al que reposaba —ocupado en sus propios asuntos y sin embargo en constante vigilancia de la noble imagen humana allá a la derecha, no lejos de él—. Y una bondad paternal, la inclinación conmovida de quien, sacrificándose, engendra en espíritu lo bello, hacia aquel que posee la belleza, colmó y agitó su corazón.
Después del mediodía abandonó la playa, regresó al hotel y se hizo subir hasta su habitación. Permaneció allí dentro largo tiempo ante el espejo y contempló su cabello gris, su rostro cansado y afilado. En ese momento pensó en su fama y en que muchos lo conocían en las calles y lo miraban con respeto, a causa de su palabra certera y coronada de gracia; invocó todos los éxitos externos de su talento que pudieron venirle a la mente y se acordó incluso de su título nobiliario. Bajó luego al almuerzo en el salón y comió en su mesita. Cuando, terminada la comida, subió al ascensor, un grupo de jóvenes que venía asimismo del desayuno se apretujó tras él en el pequeño habitáculo suspendido, y también Tadzio entró. Estaba muy cerca de Aschenbach, por primera vez tan cerca que este lo percibió y reconoció no en la distancia de un cuadro, sino con exactitud, con los detalles de su humanidad. Alguien dirigió la palabra al muchacho, y mientras él respondía con una sonrisa indescriptiblemente adorable, salió ya de nuevo, en el primer piso, caminando hacia atrás, con los ojos bajos. La belleza hace púdico, pensó Aschenbach, y meditó muy intensamente por qué. Había notado, sin embargo, que los dientes de Tadzio no eran del todo satisfactorios: algo dentados y pálidos, sin el esmalte de la salud y de una fragilidad peculiarmente quebradiza, como a veces en los anémicos. Es muy delicado, es enfermizo, pensó Aschenbach. Probablemente no llegará a viejo. Y renunció a rendirse cuentas sobre un sentimiento de satisfacción o de tranquilidad que acompañó a este pensamiento.
Pasó dos horas en su habitación y por la tarde se dirigió a Venecia en el vaporetto a través de la maloliente laguna. Desembarcó en San Marcos, tomó el té en la plaza y emprendió luego, conforme a su orden del día en aquel lugar, un paseo por las calles. Fue, sin embargo, esta caminata la que provocó un cambio absoluto en su estado de ánimo y en sus resoluciones.
Una bochornosa pesadez se asentaba en las callejuelas; el aire era tan denso que los olores que manaban de las viviendas, tiendas y cocinas —vahos de aceite, nubes de perfume y otros muchos— se mantenían en estelas suspendidas sin llegar a dispersarse. El humo de los cigarrillos quedaba inmóvil en su sitio y se desvanecía con lentitud. El empuje de la muchedumbre en la angostura molestaba al paseante en lugar de entretenerlo. Cuanto más caminaba, más tortuosamente se apoderaba de él ese estado abominable que el aire marino unido al siroco puede engendrar, y que es, al mismo tiempo, excitación y agotamiento. Unos sudores penosos brotaron en su cuerpo. Los ojos se negaban a servirle, sentía opresión en el pecho, tenía fiebre, la sangre le palpitaba en la cabeza. Huyó de las atestadas calles comerciales cruzando puentes hacia los callejones de los pobres; allí le importunaron los mendigos, y las emanaciones fétidas de los canales le amargaron la respiración. En una plazuela silenciosa, uno de esos parajes que parecen olvidados y hechizados que se encuentran en el interior de Venecia, descansando al borde de una fuente, se secó la frente y comprendió que tenía que marcharse.
Por segunda vez, y ahora de manera definitiva, quedaba demostrado que aquella ciudad, con aquella climatología, le resultaba sumamente perniciosa. Una persistencia obstinada parecía contraria a la razón; la perspectiva de un cambio de viento, totalmente incierta. Urgía una decisión rápida. Regresar a casa en ese momento quedaba descartado. Ni su residencia de verano ni la de invierno estaban preparadas para recibirle. Pero no solo aquí había mar y playa; en otros lugares se hallaban sin el maligno aditamento de la laguna y de sus vapores febriles. Recordó un pequeño balneario no lejos de Trieste que le habían mencionado elogiosamente. ¿Por qué no ir allí? Y además sin demora, para que el nuevo cambio de estancia valiera todavía la pena. Se declaró resuelto y se levantó. En la parada de góndolas más próxima tomó una embarcación y se hizo conducir de vuelta a San Marcos a través del turbio laberinto de los canales, bajo delicados balcones de mármol flanqueados por figuras de leones, doblando esquinas de muros resbaladizos, pasando ante fachadas de palacios en duelo que reflejaban grandes letreros comerciales en el agua mecida por los desperdicios. Le costó trabajo llegar a su destino, pues el gondolero, que estaba confabulado con fábricas de encajes y talleres de soplado de vidrio, intentaba por todas partes desembarcarlo para visitas y compras; y si el bizarro trayecto por Venecia comenzaba a ejercer su hechizo, el espíritu comercial y ratero de la reina caída hacía lo suyo para, con fastidio, devolver el ánimo a la sobriedad.
De regreso en el hotel, comunicó en la oficina, antes de la cena, que circunstancias imprevistas le obligaban a partir a la mañana siguiente. Se le mostraron condolencias, se le extendió la factura. Cenó y pasó la tibia velada leyendo periódicos en una mecedora en la terraza trasera. Antes de irse a descansar, dejó su equipaje completamente listo para la partida.
No durmió del todo bien, pues la inminente nueva marcha le inquietaba. Cuando abrió las ventanas por la mañana, el cielo seguía cubierto como antes, pero el aire parecía más fresco y... comenzaba ya también su arrepentimiento. ¿No había sido aquella renuncia precipitada y errónea, el acto de un estado enfermizo y carente de autoridad? Si la hubiera retenido un poco, si, sin desanimarse tan rápido, hubiera aguardado al intento de una adaptación al aire veneciano o a una mejoría del tiempo, tendría ahora por delante, en lugar de prisas y cargas, una mañana en la playa igual a la de ayer. ¡Demasiado tarde! Ahora debía continuar queriendo lo que había querido ayer. Se vistió y bajó a las ocho a la planta baja para desayunar.
El salón del buffet estaba aún vacío de huéspedes cuando entró. Algunos fueron llegando mientras él, sentado, aguardaba lo pedido. Con la taza de té en los labios, vio presentarse a las muchachas polacas junto con su acompañante; severas y frescas de mañana, con los ojos enrojecidos, caminaron hacia su mesa en el rincón de la ventana. Inmediatamente después se le acercó el portero, gorra en mano, y le apremió a la partida. El automóvil estaba listo para llevarle a él y a otros viajeros al Hotel Excelsior, desde donde la lancha motora transportaría a los señores a la estación a través del canal privado de la compañía. El tiempo apremiaba. —Aschenbach consideró que no lo hacía en lo más mínimo. Faltaba más de una hora para la salida de su tren. Se irritó ante la costumbre hotelera de despachar al que parte fuera de la casa antes de tiempo e indicó al portero que deseaba desayunar con tranquilidad. El hombre se retiró vacilante, para volver a aparecer al cabo de cinco minutos. Imposible que el coche esperase más. Entonces que se vaya y se lleve mi baúl, replicó Aschenbach irritado. Él mismo utilizaría el barco de vapor público a su debido tiempo y rogaba que le dejasen a él mismo el cuidado de su traslado. El empleado se inclinó. Aschenbach, contento de haber rechazado las molestas advertencias, terminó su refrigerio sin prisas; incluso pidió al camarero que le alcanzara la prensa del día. El tiempo se había vuelto bastante escaso cuando se levantó. Sucedió que en el mismo instante entró Tadzio por la puerta acristalada.
Cruzóse en el camino del que partía dirigiéndose a la mesa de los suyos, bajó modestamente los ojos ante el hombre de cabello gris y frente despejada, para volver a alzarlos enseguida hacia él, a su manera adorable, con suavidad y plenitud, y pasó de largo. «¡Adiós, Tadzio!», pensó Aschenbach. «Te he visto brevemente». Y mientras formaba, contra su costumbre, el pensamiento con los labios y lo pronunciaba para sus adentros, añadió: «¡Seas bendito!». —Procedió entonces a la partida, repartió propinas, fue despedido por el pequeño y silencioso gerente de levita francesa y abandonó el hotel a pie, tal como había llegado, para dirigirse, seguido por el mozo que cargaba el equipaje de mano, a través de la alameda de blanca floración que cruza la isla, hasta el muelle del vapor. Lo alcanza, toma asiento... y lo que siguió fue un trayecto de sufrimiento, un calvario a través de todas las profundidades del arrepentimiento.
Era el viaje familiar a través de la laguna, pasando ante San Marcos, remontando el Gran Canal. Aschenbach estaba sentado en el banco circular de proa, con el brazo apoyado en la barandilla, sombreándose los ojos con la mano. Los jardines públicos quedaron atrás, la Piazzetta se abrió una vez más con gracia principesca y fue abandonada, llegó la gran hilera de palacios, y cuando la vía acuática viró, apareció el arco de mármol magníficamente tendido del Rialto. El que se despedía miraba, y tenía el pecho destrozado. La atmósfera de la ciudad, ese olor ligeramente putrefacto de mar y pantano del que tanto le había urgido huir... lo aspiraba ahora en bocanadas profundas, tiernamente dolorosas. ¿Era posible que no hubiese sabido, que no hubiese considerado cuánto se aferraba su corazón a todo aquello? Lo que esta mañana había sido un medio pesar, una leve duda sobre la corrección de su acto, se convertía ahora en pesadumbre, en dolor real, en una angustia del alma tan amarga que varias veces le trajo las lágrimas a los ojos, y de la cual se decía que le había sido imposible preverla. Lo que sentía como tan difícilmente soportable, e incluso a veces como totalmente insufrible, era, al parecer, el pensamiento de que no volvería a ver Venecia nunca más, de que aquello era un adiós para siempre. Pues dado que por segunda vez se había demostrado que la ciudad le enfermaba, dado que por segunda vez se veía forzado a abandonarla precipitadamente, en adelante tendría que considerarla como una estancia imposible y prohibida para él, para la que no estaba capacitado y a la que habría sido insensato volver a buscar. Sí, sentía que, si partía ahora, la vergüenza y el orgullo deberían impedirle volver a ver jamás la amada ciudad ante la cual había fallado dos veces físicamente; y este conflicto entre la inclinación anímica y la capacidad corporal le parecía al hombre que envejecía, de pronto, tan grave e importante, y la derrota física tan ignominiosa, algo que debía evitarse a toda costa, que no comprendía la frívola resignación con la que ayer, sin lucha seria, había decidido soportarla y reconocerla.
Entre tanto, el barco de vapor se acerca a la estación, y el dolor y la perplejidad ascienden hasta la confusión. La partida se le antoja imposible al atormentado; el regreso, no menos. Así, completamente desgarrado, entra en la estación. Es muy tarde, no tiene un instante que perder si quiere alcanzar el tren. Quiere y no quiere. Pero el tiempo apremia, le fustiga hacia adelante; se apresura a procurarse su billete y busca con la vista en el tumulto del vestíbulo al funcionario de la compañía hotelera allí destinado. El hombre aparece y notifica que el gran baúl ha sido facturado. ¿Ya facturado? Sí, perfectamente... a Como. ¿A Como? Y de un precipitado ir y venir, de preguntas airadas y respuestas desconcertadas, sale a la luz que el baúl, ya en la oficina de expedición de equipajes del Hotel Excelsior, junto con otro bagaje ajeno, fue dirigido en una dirección completamente equivocada.
Aschenbach tuvo dificultades para mantener la compostura que, bajo aquellas circunstancias, era la única comprensible. Una alegría aventurera, una hilaridad increíble sacudía su pecho desde dentro casi espasmódicamente. El empleado salió disparado para, posiblemente, detener aún el baúl y regresó, como era de esperar, sin haber logrado nada. Entonces declaró Aschenbach que no deseaba viajar sin su equipaje, sino que estaba decidido a dar la vuelta y a esperar el reencuentro con el bulto en el Hotel de los Baños. Preguntó si la lancha motora de la compañía se hallaba en la estación. El hombre aseguró que estaba ante la puerta. Convenció con suada italiana al empleado de la taquilla para que aceptara la devolución del billete ya sacado, juró que se telegrafiaría, que no se ahorraría ni omitiría nada para recuperar el baúl en breve, y... así sucedió lo extraño: que el viajero, veinte minutos después de su llegada a la estación, se vio de nuevo en el Gran Canal camino de regreso al Lido.
Aventura extraña, increíble, vergonzosa, cómicamente onírica: ¡volver a ver en la misma hora parajes de los que uno acababa de despedirse para siempre con la más profunda melancolía, dado la vuelta y rechazado por el destino! Con espuma ante la proa, maniobrando con agilidad graciosa entre góndolas y vapores, la pequeña y presurosa embarcación se disparaba hacia su meta, mientras su pasajero ocultaba bajo la máscara de una resignación irritada la excitación temeroso-exultante de un niño fugado. Todavía, de vez en cuando, se conmovía su pecho por la risa ante este percance que, según se decía, no podría haber visitado de forma más complaciente a un nacido en domingo. Había que dar explicaciones, soportar caras de asombro... luego, se decía, todo estaría bien de nuevo, entonces se habría evitado una desgracia, rectificado un grave error, y todo lo que creía haber dejado a sus espaldas se abría de nuevo ante él, era suyo otra vez por tiempo indefinido... ¿Le engañaba, por cierto, la rápida carrera, o es que realmente, para colmo, el viento venía ahora, a pesar de todo, desde el mar?
Las olas golpeaban contra los muros de hormigón del estrecho canal que atraviesa la isla hasta el Hotel Excelsior. Un ómnibus automóvil aguardaba allí al que regresaba y le condujo por encima del mar encrespado en línea recta al Hotel de los Baños. El pequeño manager del bigotito y levita entallada bajó la escalinata para recibirle.
Halagando suavemente, lamentó el incidente, lo calificó de sumamente penoso para él y para el establecimiento, pero aprobó con convicción la decisión de Aschenbach de esperar aquí el equipaje. Ciertamente su habitación estaba ocupada, pero otra, no peor, estaba disponible de inmediato. «Pas de chance, monsieur», dijo sonriendo el ascensorista suizo mientras se deslizaban hacia arriba. Y así fue alojado de nuevo el fugitivo, en una habitación que por situación y mobiliario era casi idéntica a la anterior.
Fatigado, aturdido por el torbellino de aquella extraña mañana, se dejó caer, después de haber distribuido el contenido de su bolso de mano por la estancia, en un sillón junto a la ventana abierta. El mar había adquirido una coloración verde pálido, el aire parecía más tenue y puro, la playa con sus casetas y barcas más colorida, aunque el cielo seguía gris. Aschenbach miró hacia afuera, con las manos cruzadas en el regazo, satisfecho de estar otra vez allí, sacudiendo la cabeza con descontento por su volubilidad, por el desconocimiento de sus propios deseos. Así permaneció sentado probablemente una hora, descansando y soñando sin pensamientos. Hacia el mediodía divisó a Tadzio, que con traje de lino a rayas y lazo rojo regresaba al hotel desde el mar, a través de la barrera de la playa y a lo largo de las pasarelas de madera. Aschenbach le reconoció desde su altura inmediatamente, antes de haberle enfocado propiamente con la vista, y quiso pensar algo así como: «Mira, Tadzio, ¡tú también estás aquí de nuevo!». Pero en el mismo instante sintió cómo el saludo displicente se hundía y enmudecía ante la verdad de su corazón; sintió el entusiasmo de su sangre, la alegría, el dolor de su alma y reconoció que la despedida le había resultado tan penosa por causa de Tadzio.
Permaneció sentado muy quieto, totalmente invisible en su puesto elevado, y miró dentro de sí. Sus rasgos se habían despertado, sus cejas subían, una sonrisa atenta, curiosa y espiritual tensaba su boca. Entonces alzó la cabeza y describió con ambos brazos, que colgaban flácidos sobre el respaldo del sillón, un movimiento de lenta rotación y elevación, volviendo las palmas de las manos hacia adelante, como si indicara una apertura y un despliegue de los brazos. Era un gesto de bienvenida pronta, de aceptación serena.
Cuarto Capítulo
Ahora, día tras día, el dios de las mejillas ardientes guiaba desnudo su cuadriga de aliento de fuego por los espacios del cielo y sus rizos amarillos ondeaban en el viento del este que arreciaba al mismo tiempo. Un brillo de seda blanquecina yacía sobre las lejanías del Ponto, que se agitaba perezoso. La arena ardía. Bajo el azul plateado y centelleante del éter se extendían lonas de color óxido ante las casetas de la playa, y en la mancha de sombra nítidamente delimitada que ofrecían se pasaban las horas de la mañana. Pero delicioso era también el atardecer, cuando las plantas del parque exhalaban aromas balsámicos, los astros allá arriba caminaban su danza y el murmullo del mar envuelto en la noche, subiendo suavemente, hablaba al alma. Una velada así llevaba en sí la gozosa garantía de un nuevo día de sol, de ocio ligeramente ordenado y adornado con incontables posibilidades de un azar encantador, muy próximas entre sí.
El huésped, retenido aquí por tan dócil infortunio, estaba muy lejos de ver en la recuperación de sus bienes un motivo para una nueva partida. Durante dos días había tenido que tolerar alguna privación y presentarse a las comidas en el gran comedor con traje de viaje. Luego, cuando por fin depositaron de nuevo la carga extraviada en su habitación, deshizo las maletas a conciencia y llenó armario y cajones con lo suyo, decidido a una estancia por el momento indefinida, contento de poder pasar las horas de playa en traje de seda y de mostrarse de nuevo en su mesita a la hora de la cena con la indumentaria de noche adecuada.
El compás placentero de esta existencia le había atrapado ya bajo su hechizo, la suave y brillante dulzura de este estilo de vida le cautivó rápidamente. ¡Qué estancia, en verdad, la que une los encantos de una vida de balneario cuidada en una playa del sur con la cercanía íntima y dispuesta de la extraña y maravillosa ciudad! Aschenbach no era amante del placer. Siempre y dondequiera que se tratase de vacar, de cuidar el reposo, de darse buena vida, pronto sentía el deseo —y sobre todo en los años más jóvenes había sido así— de regresar con inquietud y repugnancia a la noble fatiga, al servicio sagrado y sobrio de su cotidianidad. Solo este lugar le hechizaba, relajaba su voluntad, le hacía feliz. A veces por las mañanas, bajo la lona de sombra de su caseta, soñando frente al azul del mar del sur, o bien en la noche tibia, recostado en los cojines de la góndola que le llevaba de vuelta al Lido desde la Plaza de San Marcos, donde se había demorado largo tiempo, bajo el cielo grandemente estrellado —y las luces de colores, los sonidos fundentes de la serenata quedaban atrás—, recordaba su finca en las montañas, el escenario de su lucha estival, donde las nubes pasaban bajas por el jardín, terribles tormentas apagaban por la noche la luz de la casa y los cuervos, a los que él alimentaba, se mecían en las copas de los abetos. Entonces le parecía como si hubiera sido trasladado al país elíseo, a los confines de la tierra, donde la vida más fácil es concedida a los hombres, donde no hay nieve ni invierno ni tormenta ni lluvia torrencial, sino que el Océano deja subir siempre un aliento suavemente refrescante y los días transcurren en beata ociosidad, sin esfuerzo, sin lucha y consagrados enteramente solo al sol y a sus fiestas.
Veía al muchacho Tadzio mucho, casi constantemente; un espacio limitado y un orden de vida dado a todos traían consigo que el hermoso estuviese cerca de él durante el día con breves interrupciones. Le veía, se encontraba con él en todas partes: en las estancias inferiores del hotel, en los refrescantes trayectos por agua hacia la ciudad y de regreso, en el esplendor de la propia plaza y a menudo también entremedias en caminos y senderos, cuando el azar hacía un extra. Pero principalmente, y con la más feliz regularidad, la mañana en la playa le ofrecía extensa oportunidad de dedicar a la gentil aparición devoción y estudio. Sí, esta atadura de la dicha, este favor de las circunstancias que amanecía de nuevo diaria y uniformemente, era precisamente lo que le llenaba de satisfacción y alegría de vivir, lo que le hacía querida la estancia y permitía que un día de sol se enlazara con el otro de manera tan placenteramente demorada.
Se levantaba temprano, como solía hacer cuando le acuciaba el impulso de trabajo, y estaba en la playa antes que la mayoría, cuando el sol era aún suave y el mar yacía blanco y cegador en sueños matutinos. Saludaba con filantropía al vigilante de la barrera, saludaba también con confianza al anciano descalzo de barba blanca que le había preparado el sitio, extendido la lona parda de sombra y sacado los muebles de la caseta a la plataforma, y tomaba asiento. Tres horas o cuatro eran entonces suyas, en las que el sol subía a la altura y ganaba un poder terrible, en las que el mar azuleaba más y más profundo y en las que se le permitía ver a Tadzio.
Le veía venir, desde la izquierda, a lo largo de la orilla del mar; le veía salir de entre las casetas por detrás o descubría también de pronto, y no sin un alegre sobresalto, que se había perdido su llegada y que él ya estaba allí, ya con el traje de baño azul y blanco, que ahora era su única vestimenta en la playa, y que había retomado su actividad habitual bajo el sol y en la arena: esa vida adorablemente fútil, ociosamente inconstante, que era juego y descanso, un deambular, vadear, cavar, atrapar, tumbarse y nadar, vigilado y llamado por las mujeres en la plataforma, que dejaban sonar su nombre con voces de tiple: «¡Tadziu! ¡Tadziu!», y hacia las cuales venía corriendo con celosa gestualidad para contarles lo que había vivido, para mostrarles lo que había encontrado o cazado: conchas, caballitos de mar, medusas y cangrejos que corrían de lado. Aschenbach no entendía una palabra de lo que decía, y aunque fuera lo más cotidiano, era una eufonía difusa en su oído. Así, la extranjería elevaba el habla del muchacho a música, un sol exultante derramaba sobre él un brillo derrochador, y la sublime profundidad visual del mar servía siempre de fondo y contraste a su aparición.
Pronto conoció el observador cada línea y pose de aquel cuerpo tan elevado, que tan libremente se presentaba; saludaba con alegría cada belleza ya familiar de nuevo y no encontraba fin a la admiración ni al delicado deleite de los sentidos. Llamaban al muchacho para saludar a un invitado que visitaba a las mujeres junto a la caseta; él acudía corriendo, tal vez mojado al salir de las olas, sacudía los rizos, y al tender la mano, descansando sobre una pierna, con el otro pie apoyado en la punta de los dedos, tenía un giro y una torsión del cuerpo encantadores, graciles y llenos de tensión, púdico por amabilidad, coqueto por noble obligación. Yacía estirado, con la toalla de baño envuelta alrededor del pecho, el brazo delicadamente cincelado apoyado en la arena, la barbilla en el hueco de la mano; aquel al que llamaban «Jaschu» estaba en cuclillas junto a él y le hacía carantoñas, y nada podía ser más fascinante que la sonrisa de los ojos y de los labios con la que el distinguido alzaba la vista hacia el inferior, el sirviente. Estaba de pie al borde del mar, solo, apartado de los suyos, muy cerca de Aschenbach... erguido, las manos entrelazadas en la nuca, meciéndose lentamente sobre las plantas de los pies, y soñaba hacia el azul, mientras pequeñas olas, que llegaban a la orilla, bañaban sus dedos. Su cabello color miel se ceñía en anillas a las sienes y en la nuca, el sol iluminaba el vello de la parte superior del espinazo, el fino dibujo de las costillas y la simetría del pecho resaltaban a través de la escasa envoltura del torso; sus axilas eran todavía lisas como en una estatua, sus corvas brillaban y su veteado azulado hacía parecer su cuerpo como formado de una materia más clara. ¡Qué disciplina, qué precisión del pensamiento se expresaban en aquel cuerpo estirado y juvenilmente perfecto! Sin embargo, la voluntad severa y pura que, operando oscuramente, había logrado sacar a la luz aquella divina obra escultórica... ¿no le era a él, al artista, conocida y familiar? ¿No actuaba también en él cuando, lleno de sobria pasión, liberaba de la masa de mármol del lenguaje la forma esbelta que había visto en el espíritu y que presentaba a los hombres como estatua y espejo de la belleza espiritual?
¡Estatua y espejo! Sus ojos abarcaban la noble figura allí al borde del azul, y en un arrobamiento de entusiasmo creía comprender con esa mirada lo Bello mismo, la Forma como pensamiento de Dios, la perfección única y pura que vive en el espíritu y de la cual una imagen y semejanza humana había sido erigida aquí, ligera y adorable, para la adoración. Ese era el embriaguez; y sin vacilar, es más, con avidez, el artista que envejecía le daba la bienvenida. Su espíritu giraba, su cultura entraba en ebullición, su memoria arrojaba pensamientos antiquísimos, transmitidos a su juventud y hasta entonces nunca animados por fuego propio. ¿No estaba escrito que el sol desvía nuestra atención de las cosas intelectuales a las sensuales? Aturde y hechiza, se decía, el entendimiento y la memoria, de tal manera que el alma, por placer, se olvida por completo de su propio estado y se queda colgada con asombrada admiración del más hermoso de los objetos iluminados por el sol: sí, solo con ayuda de un cuerpo es capaz entonces de elevarse a una contemplación superior. Amor, en verdad, hacía lo mismo que los matemáticos, que muestran a los niños incapaces imágenes tangibles de las formas puras: así también se servía el dios, para hacernos visible lo espiritual, gustosamente de la figura y el color de la juventud humana, a la que adornaba como herramienta del recuerdo con todo el resplandor de la belleza y ante cuya visión nosotros, entonces, bien podíamos arder en dolor y esperanza.
Así pensaba aquel a quien el entusiasmo embargaba; así era capaz de sentir. Y de la embriaguez del mar y el resplandor solar se tejió ante él una imagen encantadora. Era el viejo plátano no lejos de los muros de Atenas, —era aquel lugar de sagrada sombra, impregnado de la fragancia de las flores del agnocasto, adornado con exvotos y ofrendas piadosas en honor a las ninfas y a Aqueloo. Muy claro caía el arroyo al pie del árbol de anchas ramas sobre guijarros lisos; los grillos entonaban su música. Pero sobre la hierba, que descendía suavemente de modo que uno podía mantener la cabeza alta al recostarse, yacían dos, resguardados allí del ardor del día: uno de edad madura y uno joven, uno feo y uno bello, el sabio junto al amable. Y entre galanterías y bromas de ingenioso cortejo, Sócrates instruía a Fedro sobre el deseo y la virtud. Le hablaba del caluroso espanto que padece el que siente cuando sus ojos vislumbran una semejanza de la belleza eterna; le hablaba de las avideces del impío y del malvado, que no puede pensar en la belleza cuando ve su imagen y que es incapaz de reverencia; hablaba del sagrado temor que asalta al noble cuando se le aparece un rostro semejante a los dioses, un cuerpo perfecto, y entonces se estremece y queda fuera de sí y apenas se atreve a mirar, y venera al que posee la belleza, sí, le ofrecería sacrificios como a una estatua si no tuviera que temer parecer insensato a los hombres. Porque la belleza, mi Fedro, solo ella, es amable y visible a la vez: ¡es, nótalo bien!, la única forma de lo espiritual que podemos recibir por los sentidos, que podemos soportar sensorialmente. ¿O qué sería de nosotros si lo divino en otras formas, si la razón y la virtud y la verdad quisieran aparecérsenos sensorialmente? ¿No pereceríamos y nos consumiríamos de amor, como Sémele en otro tiempo ante Zeus? Así pues, la belleza es el camino del hombre sensible hacia el espíritu, —solo el camino, un medio nada más, pequeño Fedro… Y luego pronunció lo más sutil, aquel astuto cortejador: esto, que el amante es más divino que el amado, porque en aquel habita el dios, pero no en el otro, —tal vez el pensamiento más tierno y burlón que jamás se haya pensado, y del que brota toda la picardía y la más secreta voluptuosidad del anhelo.
La dicha del escritor es el pensamiento que puede devenir enteramente sentimiento, es el sentimiento que puede devenir enteramente pensamiento. Tal pensamiento palpitante, tal sentimiento preciso pertenecía y obedecía al solitario en aquel entonces: a saber, que la naturaleza se estremece de deleite cuando el espíritu se inclina en homenaje ante la belleza. De pronto deseó escribir. Cierto es que Eros, según se dice, ama la ociosidad, y solo para ella ha sido creado. Pero en este punto de la crisis, la excitación del obseso se dirigió hacia la producción. El motivo era casi indiferente. Una pregunta, una incitación a pronunciarse confesionalmente sobre cierto gran y candente problema de la cultura y del gusto, había llegado al mundo intelectual y alcanzado al viajero. El tema le era familiar, le era vivencia; su deseo de hacerlo resplandecer a la luz de su palabra se volvió de pronto irresistible. Y en verdad su anhelo tendía a trabajar en presencia de Tadzio, a tomar durante la escritura la figura del muchacho como modelo, a dejar que su estilo siguiera las líneas de ese cuerpo que le parecía divino, y a llevar su belleza hacia lo espiritual, como el águila llevó antaño al pastor troyano hacia el éter. Nunca había sentido más dulce el placer de la palabra, nunca había sabido tan certeramente que Eros está en la palabra, como durante aquellas horas peligrosamente deliciosas en las que, ante su tosca mesa bajo el toldo, a la vista del ídolo y con la música de su voz en el oído, formó según la belleza de Tadzio su pequeño tratado, —aquella página y media de prosa selecta cuya pureza, nobleza y vibrante tensión emocional habrían de despertar en breve la admiración de muchos. Sin duda es bueno que el mundo conozca solo la obra bella, y no también sus orígenes ni las condiciones de su génesis; pues el conocimiento de las fuentes de las que fluyó la inspiración al artista a menudo confundiría al mundo, lo espantaría y anularía así los efectos de la excelencia. ¡Extrañas horas! ¡Extraño esfuerzo enervante! ¡Singular comercio generador del espíritu con un cuerpo! Cuando Gustav von Aschenbach guardó su trabajo y se marchó de la playa, se sintió agotado, incluso destrozado, y le pareció como si su conciencia, cual si fuera tras un libertinaje, presentara denuncia.
Fue a la mañana siguiente cuando, a punto de abandonar el hotel, advirtió desde la escalinata que Tadzio, ya de camino hacia el mar —y solo, por cierto—, se acercaba precisamente a la barrera de la playa. El deseo, el simple pensamiento de aprovechar la oportunidad y trabar un conocimiento ligero y alegre con aquel que, sin saberlo, le proporcionaba tanta elevación y emoción, de dirigirle la palabra, de gozar de su respuesta, de su mirada, era inminente y se imponía. El hermoso caminaba indolente, era posible alcanzarlo, y Aschenbach aceleró sus pasos. Lo alcanza en la pasarela de madera detrás de las casetas, quiere ponerle la mano sobre la cabeza, sobre el hombro, y alguna palabra, una amable frase francesa flota en sus labios: entonces siente que su corazón, tal vez también por la marcha rápida, golpea como un martillo, que él, tan falto de aliento, solo podrá hablar con voz ahogada y temblorosa; vacila, trata de dominarse, teme de pronto llevar ya demasiado tiempo caminando justo detrás del hermoso, teme que se percate, que se vuelva interrogante, toma aún un impulso, fracasa, renuncia y pasa de largo con la cabeza gacha.
«¡Demasiado tarde!», pensó en ese instante. «¡Demasiado tarde!». Sin embargo, ¿era demasiado tarde? Ese paso que omitió dar habría conducido muy posiblemente a lo bueno, a lo ligero y alegre, a una saludable desilusión. Pero ocurría que el hombre que envejecía no quería la desilusión, que la embriaguez le era demasiado cara. ¡Quién descifra la esencia y el sello del carácter artístico! ¡Quién comprende la profunda fusión instintiva de disciplina y desenfreno en la que se basa! Pues no poder querer la saludable desilusión es desenfreno. Aschenbach ya no estaba dispuesto a la autocrítica; el gusto, la disposición espiritual de sus años, la autoestima, la madurez y la tardía sencillez no le inclinaban a analizar los motivos y a decidir si no había ejecutado su propósito por conciencia o por dejadez y debilidad. Estaba confundido, temía que alguien, aunque solo fuera el vigilante de la playa, hubiera observado su carrera, su derrota, temía mucho el ridículo. Por lo demás, bromeaba en su interior sobre su cómico y sagrado temor. «Consternado», pensaba, «consternado como un gallo que deja colgar angustiado las alas en la pelea. Ese es verdaderamente el dios que, ante la visión de lo amable, rompe así nuestro valor y abate tan completamente nuestro orgulloso espíritu…». Jugaba, deliraba y era demasiado altivo para temer un sentimiento.
Ya no vigilaba el transcurso del tiempo de ocio que se había concedido a sí mismo; el pensamiento del regreso ni siquiera le rozaba. Se había hecho enviar dinero abundante. Su preocupación se dirigía únicamente a la posible partida de la familia polaca; pero sutilmente, mediante una indagación casual con el peluquero del hotel, se había enterado de que estos señores habían descendido aquí muy poco antes de su propia llegada. El sol le bronceaba la faz y las manos, la estimulante brisa salina le fortalecía para el sentimiento, y así como antes solía gastar de inmediato en una obra cualquier reconfortamiento que el sueño, el alimento o la naturaleza le hubieran otorgado, ahora dejaba que todo lo que el sol, el ocio y el aire de mar le aportaban en vigor diario se disolviera, con magnánimo despilfarro, en embriaguez y sensación.
Su sueño era fugaz; los días deliciosamente monótonos estaban separados por noches cortas llenas de feliz inquietud. Cierto es que se retiraba temprano, pues a las nueve, cuando Tadzio había desaparecido del escenario, el día le parecía terminado. Pero al primer albor del amanecer lo despertaba un espanto tiernamente penetrante, su corazón recordaba su aventura, ya no lo soportaba entre las almohadas, se levantaba y, ligeramente envuelto contra los escalofríos del alba, se sentaba junto a la ventana abierta a esperar la salida del sol. El maravilloso acontecimiento llenaba de devoción su alma consagrada por el sueño. Aún yacían cielo, tierra y mar en una palidez crepuscular fantasmal y vítrea; aún nadaba una estrella moribunda en lo inmaterial. Pero llegaba un soplo, una alada noticia de moradas inaccesibles, de que Eos se levantaba del lado del esposo, y sucedía aquel primer y dulce rubor de las zonas más lejanas del cielo y del mar, mediante el cual se anuncia el hacerse sensible de la creación. Se acercaba la diosa, la raptora de mancebos, la que robó a Clito, a Céfalo y que, desafiando la envidia de todos los Olímpicos, gozó del amor del hermoso Orión. Comenzó entonces un esparcir de rosas en el borde del mundo, un brillar y florecer indeciblemente grato, nubes infantiles, transfiguradas, iluminadas, flotaban como amorcillos servidores en la bruma rosada y azulada, la púrpura cayó sobre el mar, que parecía arrastrarla ondeando hacia delante, lanzas doradas se dispararon desde abajo hacia la altura del cielo, el resplandor se convirtió en incendio, silenciosamente, con divina prepotencia, rodaron hacia arriba el ardor y el celo y las llamas llameantes, y con cascos arrebatadores subieron los sagrados corceles del hermano por encima del orbe de la tierra. Iluminado por la magnificencia del dios, estaba sentado el que velaba en soledad, cerró los ojos y dejó que la gloria besara sus párpados. Sentimientos de antaño, tempranas y deliciosas tribulaciones del corazón que habían muerto en el severo servicio de su vida y que ahora regresaban tan extrañamente transformadas, —las reconoció con una sonrisa confundida y asombrada. Meditaba, soñaba, lentamente sus labios formaron un nombre, y todavía sonriendo, con el rostro vuelto hacia arriba, las manos cruzadas en el regazo, se durmió en su sillón una vez más.
Pero el día, que comenzó tan ardiente y festivo, estaba en su totalidad extrañamente elevado y míticamente transformado. ¿De dónde venía y procedía el hálito que de pronto, tan suave y significativo, cual inspiración superior, jugaba alrededor de la sien y el oído? Blancas nubes de plumas se alzaban en batallones extendidos en el cielo, como rebaños de los dioses pastando. Se levantó un viento más fuerte, y los corceles de Poseidón llegaron corriendo, encabritándose, toros también, tal vez, pertenecientes al de los rizos azulados, que embistiendo con bramidos bajaban los cuernos. Entre los guijarros de la playa más lejana, sin embargo, saltaban las olas hacia arriba como cabras brincadoras. Un mundo sagradamente deformado, lleno de vida pánica, encerraba al hechizado, y su corazón soñaba tiernas fábulas. Varias veces, cuando el sol se hundía tras Venecia, se sentaba en un banco del parque para mirar a Tadzio, que, vestido de blanco y con un cinturón de color, se divertía jugando a la pelota en la plaza de grava apisonada, y era a Jacinto a quien creía ver, y quien debía morir porque dos dioses lo amaban. Sí, sentía la dolorosa envidia de Céfiro por el rival, que olvidaba el oráculo, el arco y la cítara para jugar siempre con el hermoso; veía el disco, guiado por crueles celos, golpear la adorable cabeza, recibía, palideciendo también él, el cuerpo tronchado, y la flor, brotada de la dulce sangre, llevaba la inscripción de su lamento infinito…
Nada es más extraño, más delicado que la relación entre personas que solo se conocen con los ojos, —que se encuentran diariamente, sí, a cada hora, se observan y, sin embargo, se ven obligadas por la convención social o por capricho propio a mantener la apariencia de una extrañeza indiferente, sin saludo y sin palabra. Entre ellas hay inquietud y una curiosidad sobreexcitada, la histeria de una necesidad de conocimiento e intercambio insatisfecha, antinaturalmente reprimida, y sobre todo también una especie de respeto tenso. Pues el hombre ama y honra al hombre mientras no pueda juzgarlo, y el anhelo es un producto de un conocimiento defectuoso.
Alguna relación y conocimiento tenía necesariamente que formarse entre Aschenbach y el joven Tadzio, y con penetrante alegría pudo el mayor constatar que el interés y la atención no quedaban totalmente sin respuesta. ¿Qué movía, por ejemplo, al hermoso a no utilizar nunca más, cuando aparecía por la mañana en la playa, la pasarela de madera en la parte trasera de las casetas, sino a caminar solo por el camino delantero, a través de la arena, pasando por el sitio de Aschenbach y a veces innecesariamente cerca de él, casi rozando su mesa, su silla, para dirigirse a la caseta de los suyos? ¿Actuaba así la atracción, la fascinación de un sentimiento superior sobre su tierno e irreflexivo objeto? Aschenbach esperaba diariamente la aparición de Tadzio, y a veces fingía estar ocupado cuando esta sucedía, y dejaba pasar al hermoso aparentemente inadvertido. Pero a veces también levantaba la vista, y sus miradas se encontraban. Ambos estaban profundamente serios cuando eso ocurría. En el semblante culto y digno del mayor nada delataba una emoción interior; pero en los ojos de Tadzio había una indagación, una pregunta pensativa, en su paso surgía una vacilación, miraba al suelo, volvía a mirar encantadoramente hacia arriba, y cuando había pasado, un algo en su postura parecía expresar que solo la educación le impedía darse la vuelta.
Una vez, sin embargo, una tarde, sucedió de otro modo. Los hermanos polacos, junto con su institutriz, habían faltado a la comida principal en el gran salón, —con preocupación lo había notado Aschenbach. Paseaba después de la comida, muy inquieto por su paradero, en traje de noche y sombrero de paja frente al hotel, al pie de la terraza, cuando de repente vio surgir a las hermanas de aspecto monjil con la educadora y, cuatro pasos detrás de ellas, a Tadzio bajo la luz de las lámparas de arco. Evidentemente venían del embarcadero de los vapores, después de haber cenado por alguna razón en la ciudad. En el agua debía de haber hecho fresco; Tadzio llevaba una chaqueta de marinero azul oscuro con botones dorados y en la cabeza una gorra a juego. El sol y el aire de mar no lo quemaban, el color de su piel había permanecido amarillento como el mármol, igual que al principio; pero hoy parecía más pálido que de costumbre, ya fuera a consecuencia del fresco o por la luz de luna blanqueadora de las lámparas. Sus cejas regulares se dibujaban más nítidamente, sus ojos se oscurecían profundos. Era más bello de lo que se puede decir, y Aschenbach sintió, como ya muchas veces, con dolor, que la palabra solo es capaz de alabar la belleza sensual, no de reproducirla.
No había estado aguardando la querida aparición, llegó inesperadamente, no había tenido tiempo de afianzar su semblante en la calma y la dignidad. Alegría, sorpresa, admiración debieron pintarse abiertamente en él cuando su mirada se encontró con la del extrañado, —y en este segundo sucedió que Tadzio sonrió: le sonrió a él, elocuente, familiar, encantador e inconfeso, con labios que solo se abrieron lentamente en la sonrisa. Era la sonrisa de Narciso, que se inclina sobre el agua espejada, aquella sonrisa profunda, hechizada, atraída, con la que tiende los brazos hacia el reflejo de la propia belleza, —una sonrisa muy levemente distorsionada, distorsionada por la desesperanza de su empeño de besar los lindos labios de su sombra, coqueta, curiosa y ligeramente atormentada, seducida y seductora.
Aquel que recibió esta sonrisa huyó con ella como con un regalo fatal. Estaba tan conmocionado que se vio obligado a huir de la luz de la terraza, del jardín delantero, y buscó con pasos apresurados la oscuridad del parque trasero. Extrañas amonestaciones indignadas y tiernas se le escaparon: «¡Tú no debes sonreír así! ¡Oye, no se debe sonreír así a nadie!». Se arrojó sobre un banco, respiró fuera de sí la fragancia nocturna de las plantas. Y recostado hacia atrás, con los brazos colgando, abrumado y recorrido repetidas veces por escalofríos, susurró la fórmula fija del anhelo, —imposible aquí, absurda, abyecta, ridícula y sagrada no obstante, venerable también aquí todavía: «¡Te amo!».
Capítulo Quinto
En la cuarta semana de su estancia en el Lido, Gustav von Aschenbach hizo algunas percepciones inquietantes relativas al mundo exterior. En primer lugar, le pareció como si, al avanzar la estación, la afluencia de su hotel más bien disminuyera que aumentara, y, en particular, como si el idioma alemán se agotara y enmudeciera a su alrededor, de modo que en la mesa y en la playa finalmente solo llegaban a su oído sonidos extranjeros. Un día, entonces, captó en la peluquería, que ahora visitaba con frecuencia, una palabra en la conversación que le hizo detenerse. El hombre había mencionado a una familia alemana que acababa de partir tras una breve estancia y añadió charlando y lisonjeando: «Usted se queda, señor; usted no teme al mal». Aschenbach lo miró. «¿Al mal?», repitió. El charlatán enmudeció, se hizo el ocupado, ignoró la pregunta, y cuando fue planteada con más urgencia, declaró que no sabía nada y trató de desviar el tema con avergonzada elocuencia.
Eso fue hacia el mediodía. Por la tarde, Aschenbach fue a Venecia con calma chicha y un pesado ardor solar; pues le impulsaba la manía de seguir a los hermanos polacos, a quienes había visto tomar el camino hacia el embarcadero de los vapores con su acompañante. No encontró al ídolo en San Marco. Pero tomando el té, sentado ante su mesita redonda de hierro en el lado de sombra de la plaza, olió de repente en el aire un aroma peculiar, del que ahora le parecía que ya desde hacía días, sin penetrar en su conciencia, había tocado su sentido, —un olor dulzón y oficinal, que recordaba a miseria y heridas y a una limpieza sospechosa. Lo examinó y lo reconoció pensativo, terminó su refrigerio y abandonó la plaza por el lado opuesto al templo. En la estrechez se intensificó el olor. En las esquinas de las calles había pegados bandos impresos, mediante los cuales se advertía paternalmente a la población, debido a ciertas enfermedades del sistema gástrico que estaban a la orden del día con este tiempo, contra el consumo de ostras y mejillones, así como contra el agua de los canales. La naturaleza eufemística del decreto era clara. Grupos de gente estaban juntos y silenciosos en puentes y plazas; y el forastero estaba de pie, husmeando y cavilando entre ellos.
A un tendero que se apoyaba en la puerta de su bóveda entre sartas de coral y falsas joyas de amatista, le pidió información sobre el fatal olor. El hombre lo midió con ojos pesados y se animó apresuradamente. «¡Una medida preventiva, señor!», respondió con gesticulaciones. «Una disposición de la policía que hay que aprobar. Este tiempo oprime, el siroco no es propicio para la salud. En fin, usted comprende, —una precaución tal vez exagerada…». Aschenbach le dio las gracias y siguió adelante. También en el vapor que lo llevaba de vuelta al Lido sintió ahora el olor del agente germicida.
De regreso en el hotel, se dirigió de inmediato al vestíbulo hacia la mesa de los periódicos y revisó las hojas. No encontró nada en las de lengua extranjera. Las de su patria registraban rumores, citaban cifras vacilantes, reproducían desmentidos oficiales y dudaban de su veracidad. Así se explicaba la retirada del elemento alemán y austriaco. Los miembros de las demás naciones evidentemente no sabían nada, no sospechaban nada, aún no estaban inquietos. «¡Se debe callar!», pensó Aschenbach excitado, mientras arrojaba los diarios de vuelta sobre la mesa. «¡Se debe silenciar esto!». Pero al mismo tiempo su corazón se llenó de satisfacción por la aventura en la que el mundo exterior estaba a punto de caer. Pues a la pasión, como al crimen, no le es propicio el orden asegurado y el bienestar de la vida cotidiana, y cualquier aflojamiento de la estructura burguesa, cualquier confusión y tribulación del mundo debe serle bienvenida, porque puede esperar vagamente encontrar en ello su ventaja. Así sentía Aschenbach una oscura satisfacción por los sucesos encubiertos por la autoridad en las sucias callejuelas de Venecia, —este malvado secreto de la ciudad, que se fundía con su propio secreto más íntimo, y en cuya preservación también a él tanto le iba. Pues el enamorado no temía nada más que el que Tadzio pudiera partir, y reconoció no sin espanto que ya no sabría vivir si eso ocurriera.
Últimamente no se contentaba con agradecer a la rutina diaria y a la suerte la cercanía y la visión del hermoso; lo perseguía, lo acechaba. Los domingos, por ejemplo, los polacos nunca aparecían en la playa; adivinó que asistían a misa en San Marco, se apresuró hacia allí, y entrando desde el ardor de la plaza en el crepúsculo dorado del santuario, encontró al que echaba de menos, inclinado sobre un reclinatorio durante el servicio divino. Entonces se quedaba en el fondo, sobre el suelo de mosaico agrietado, en medio del pueblo arrodillado, murmurante, que se santiguaba, y el esplendor compacto del templo oriental pesaba exuberante sobre sus sentidos. Delante se movía, oficiaba y cantaba el sacerdote pesadamente ornamentado, el incienso brotaba, nublaba las llamas sin fuerza de las velas del altar, y en el sordo y dulce aroma del sacrificio parecía mezclarse suavemente otro: el olor de la ciudad enferma. Pero a través de la bruma y el centelleo veía Aschenbach cómo el hermoso allí delante volvía la cabeza, lo buscaba y lo divisaba.
Cuando luego la multitud salía a raudales por los portales abiertos hacia la plaza luminosa y hormigueante de palomas, el hechizado se ocultaba en el vestíbulo, se escondía, se ponía al acecho. Veía a los polacos abandonar la iglesia, veía cómo los hermanos se despedían de manera ceremoniosa de la madre y cómo esta se volvía hacia la Piazzetta para regresar a casa; comprobaba que el hermoso, las hermanas monacales y la institutriz tomaban el camino de la derecha a través de la puerta de la Torre del Reloj y hacia la Merceria, y después de haberles dejado ganar alguna ventaja, los seguía, los seguía furtivamente en su paseo por Venecia.
Tenía que detenerse cuando ellos se demoraban, tenía que huir a figones y patios para dejar pasar a los que daban la vuelta; los perdía, los buscaba acalorado y exhausto a través de puentes y en sucios callejones sin salida y sufría minutos de pena mortal cuando los veía venir de repente hacia él en un pasaje estrecho donde no era posible esquivarlos. Sin embargo, no se puede decir que sufriera. Cabeza y corazón estaban ebrios, y sus pasos seguían las instrucciones del demonio, para quien es un placer pisotear la razón y la dignidad del hombre.
En algún lugar tomaban entonces Tadzio y los suyos probablemente una góndola, y Aschenbach, a quien, mientras subían, un saliente o una fuente habían mantenido oculto, hacía, poco después de que hubieran zarpado de la orilla, lo mismo. Hablaba apresurada y ahogadamente cuando instruía al remero, bajo la promesa de una abundante propina, para que siguiera inadvertidamente a cierta distancia a aquella góndola que acababa de doblar la esquina; y un escalofrío le recorría cuando el hombre, con la pícara obsequiosidad de un alcahuete, le aseguraba en el mismo tono que sería servido, que sería servido concienzudamente.
Así se deslizaba y se mecía pues, recostado en blandos cojines negros, tras la otra barca negra y picuda, a cuya estela la pasión lo encadenaba. A veces desaparecía de su vista: entonces sentía pesadumbre e inquietud. Pero su guía, como si fuera experto en tales encargos, sabía siempre ponerle de nuevo ante los ojos lo codiciado mediante astutas maniobras, mediante rápidas travesías y atajos. El aire estaba quieto y olía, pesado ardía el sol a través de la bruma que teñía el cielo de color pizarra. El agua golpeaba gorgoteando contra la madera y la piedra. La llamada del gondolero, mitad advertencia, mitad saludo, era contestada desde lejos desde el silencio del laberinto según un extraño acuerdo. Desde pequeños jardines situados en lo alto colgaban ramilletes de flores, blancos y púrpuras, con aroma a almendras, sobre muros carcomidos. Marcos de ventanas árabes se reflejaban en lo turbio. Los escalones de mármol de una iglesia descendían hacia la marea; un mendigo, acuclillado en ellos, protestando su miseria, tendía su sombrero y mostraba el blanco de los ojos como si fuera ciego; un anticuario, ante su tugurio, invitaba al transeúnte con gestos serviles a detenerse, con la esperanza de estafarlo. Eso era Venecia, la lisonjera y sospechosa belleza, —esta ciudad, mitad cuento de hadas, mitad trampa para forasteros, en cuyo aire putrefacto el arte floreció antaño voluptuosamente y que inspiró a los músicos sonidos que mecen y adormecen con lascivia. Al aventurero le parecía como si su ojo bebiera tal exuberancia, como si su oído fuera cortejado por tales melodías; recordaba también que la ciudad estaba enferma y lo ocultaba por afán de lucro, y oteaba más desenfrenadamente tras la góndola que flotaba delante.
Así pues, el perturbado no sabía ni quería ya otra cosa que perseguir sin tregua el objeto que lo inflamaba, soñar con él cuando estaba ausente y, a la manera de los amantes, dedicar tiernas palabras a su mera sombra. La soledad, la extranjería y la dicha de una embriaguez tardía y profunda lo alentaban y persuadían a permitirse sin temor ni rubor incluso las conductas más extrañas, como de hecho había ocurrido cuando, regresando tarde por la noche de Venecia, se detuvo en el primer piso del hotel ante la puerta de la habitación del hermoso, apoyó la frente contra el gozne de la puerta en completa embriaguez y fue incapaz de separarse de allí durante largo tiempo, a riesgo de ser sorprendido y descubierto en tan demencial situación.
No obstante, no faltaban momentos de pausa y de media reflexión. «¡Por qué caminos!», pensaba entonces con consternación. «¡Por qué caminos!». Como todo hombre a quien los méritos naturales inspiran un interés aristocrático por su ascendencia, estaba habituado, ante los logros y éxitos de su vida, a recordar a sus antepasados, a asegurarse en espíritu de su aprobación, de su satisfacción, de su forzoso respeto. Pensaba en ellos también ahora y aquí, enredado en una experiencia tan ilícita, inmerso en tan exóticos desenfrenos del sentimiento; pensaba en la severidad llena de compostura, en la virilidad decente de su carácter, y sonreía con melancolía. ¿Qué dirían? Pero, ciertamente, ¿qué habrían dicho de su vida entera, que se había desviado de la suya hasta la degeneración, de esta vida bajo el hechizo del arte, sobre la cual él mismo, con el espíritu burgués de sus padres, había dejado caer en otro tiempo tan burlones juicios de juventud y que, en el fondo, ¡tanto se había asemejado a la de ellos! También él había servido, también él se había ejercitado en el duro rigor; también él había sido soldado y guerrero, al igual que muchos de ellos, pues el arte era una guerra, una lucha extenuante para la que hoy en día no se era apto por mucho tiempo. Una vida de superación personal y de «a pesar de todo», una vida áspera, firme y abstemia, que él había convertido en símbolo de un heroísmo delicado y oportuno; bien podía llamarla viril, bien podía llamarla valiente, y quería parecerle que el Eros que se había adueñado de él era, de algún modo, especialmente afín y propicio a tal vida. ¿No había gozado de particular prestigio entre los pueblos más valientes? Es más, ¿no se decía que había florecido en sus ciudades gracias a la valentía? Numerosos héroes de guerra de la antigüedad habían llevado gustosos su yugo, pues no contaba como humillación ninguna que el dios impusiera, y actos que habrían sido tildados de señales de cobardía si hubiesen ocurrido por otros fines —prostraciones, juramentos, súplicas insistentes y actitudes serviles—, tales cosas no resultaban vergonzosas para el amante, sino que más bien cosechaba alabanzas por ellas.
Tal era el modo de pensar del ofuscado, así buscaba sostenerse y conservar su dignidad. Pero, al mismo tiempo, dirigía constantemente una atención inquisitiva y obstinada hacia los sucios sucesos en el interior de Venecia, hacia aquella aventura del mundo exterior que confluía oscuramente con la de su corazón y alimentaba su pasión con esperanzas vagas y anárquicas. Empeñado en saber algo nuevo y seguro sobre el estado o el progreso del mal, revolvía en los cafés de la ciudad los periódicos de su patria, dado que habían desaparecido de la mesa de lectura del vestíbulo del hotel desde hacía varios días. Afirmaciones y desmentidos se alternaban en ellos. La cifra de enfermos, de casos mortales, se decía que ascendía a veinte, a cuarenta, incluso a cien y más, e inmediatamente después se negaba rotundamente cualquier aparición de la peste o, si no, se atribuía a casos totalmente aislados, importados de fuera. Se intercalaban dudas admonitorias, protestas contra el juego peligroso de las autoridades italianas. No era posible obtener certeza alguna.
Sin embargo, el solitario era consciente de un derecho especial a participar en el secreto y, aunque excluido, encontraba una extraña satisfacción en abordar a los conocedores con preguntas capciosas y obligarlos a ellos, que estaban confabulados para callar, a mentir explícitamente. Un día, durante el desayuno en el gran comedor, interpeló así al gerente, aquel hombre pequeño y de pasos silenciosos con levita francesa, que se movía saludando y supervisando entre los comensales y que se detuvo también en la mesita de Aschenbach para intercambiar unas palabras de cortesía. Por qué, preguntó el huésped con tono displicente y casual, por qué en el mundo se desinfectaba Venecia desde hacía algún tiempo. «Se trata», respondió el sibilino personaje, «de una medida policial, destinada a prevenir reglamentariamente y a tiempo toda clase de inconvenientes o trastornos de la salud pública que pudieran generarse por el clima bochornoso y excepcionalmente cálido». «Es de elogiar a la policía», replicó Aschenbach, y tras el intercambio de algunas observaciones meteorológicas, el *manager* se despidió.
Ese mismo día, por la noche después de la cena, sucedió que una pequeña banda de cantantes callejeros de la ciudad se hizo oír en el jardín delantero del hotel. Eran dos hombres y dos mujeres, parados junto al mástil de hierro de una lámpara de arco, y volvían sus rostros iluminados de blanco hacia la gran terraza, donde la sociedad del balneario, entre café y bebidas refrescantes, se avenía a aceptar la oferta popular. El personal del hotel, ascensoristas, camareros y empleados de la oficina, asomaba escuchando en las puertas hacia el vestíbulo. La familia rusa, celosa y precisa en el disfrute, había hecho bajar sillas de mimbre al jardín para estar más cerca de los ejecutantes, y se sentaba allí agradecida en semicírculo. Detrás de los señores, con un pañuelo a modo de turbante, estaba de pie su vieja esclava.
Mandolina, guitarra, armónica y un violín chirriante estaban en actividad bajo las manos de los virtuosos de la mendicidad. Con los desarrollos instrumentales alternaban números de canto, tal como la más joven de las mujeres, de voz aguda y graznadora, se unía con el tenor de dulce falsete en un anhelante dúo de amor. Pero como el verdadero talento y cabeza de la asociación se revelaba inequívocamente el otro de los hombres, portador de la guitarra y en carácter una especie de barítono bufo, casi sin voz, pero dotado mímicamente y de una notable energía cómica. A menudo se separaba, con su gran instrumento en el brazo, del grupo de los otros y avanzaba actuando hacia la rampa, donde se recompensaban sus bufonadas con risas alentadoras. Particularmente los rusos, en su parterre, se mostraban encantados con tanta movilidad meridional y lo animaban mediante aplausos y vítores a salir de sí mismo con cada vez más descaro y seguridad.
Aschenbach estaba sentado junto a la balaustrada y de vez en cuando refrescaba sus labios con una mezcla de jugo de granada y soda, que centelleaba ante él rojo rubí en el vaso. Sus nervios absorbían con avidez los sonidos monótonos, las melodías vulgares y lánguidas, pues la pasión paraliza el sentido selectivo y se entrega con toda seriedad a estímulos que la sobriedad recibiría con humor o rechazaría con indignación. Sus rasgos estaban desencajados por los saltos del histrión en una sonrisa que se había vuelto fija y ya dolorosa. Estaba sentado con indolencia, mientras una atención extrema tensaba su interior, pues a seis pasos de él se apoyaba Tadzio en la barandilla de piedra.
Estaba allí de pie con el traje blanco de cinturón que a veces se ponía para la comida principal, con una gracia inevitable e innata, el antebrazo izquierdo sobre el pretil, los pies cruzados, la mano derecha en la cadera de apoyo, y miraba hacia abajo, a los cantantes de coplas, con una expresión que apenas era una sonrisa, solo una curiosidad distante, una recepción cortés. A veces se erguía y, expandiendo el pecho, tiraba hacia abajo de la blusa blanca a través del cinturón de cuero con un hermoso movimiento de ambos brazos. Pero a veces también, y el hombre que envejecía lo percibía con triunfo, con un tambaleo de su razón y también con espanto, volvía la cabeza vacilante y cautelosamente, o bien rápida y repentinamente, como si se tratara de un ataque por sorpresa, por encima del hombro izquierdo hacia el lugar de su amante. No encontraba sus ojos, pues una vergonzosa aprensión obligaba al ofuscado a mantener sus miradas temerosamente a raya. En el fondo de la terraza estaban sentadas las mujeres que custodiaban a Tadzio, y se había llegado al punto de que el enamorado debía temer haberse vuelto llamativo y ser objeto de sospecha. Sí, con una especie de entumecimiento había tenido que notar varias veces, en la playa, en el vestíbulo del hotel y en la Plaza de San Marcos, que llamaban a Tadzio para alejarlo de su proximidad, que se procuraba mantenerlo apartado de él, y de ello había tenido que inferir una ofensa terrible, bajo la cual su orgullo se retorcía en tormentos desconocidos, y que su conciencia le impedía rechazar.
Entre tanto, el guitarrista había comenzado un solo con acompañamiento propio, una canción callejera de varias estrofas, muy en boga en toda Italia, en cuyo estribillo su compañía irrumpía cada vez con canto y todo el instrumental, y que él sabía interpretar de un modo plástico y dramático. De complexión enclenque y de rostro magro y demacrado, estaba de pie, separado de los suyos, con el fieltro raído en la nuca, de modo que un mechón de su cabello rojo brotaba bajo el ala, en una postura de insolente bravuconería sobre la grava, y lanzaba hacia la terraza sus bromas en un recitado penetrante al rasgueo de las cuerdas, mientras las venas de su frente se hinchaban por el esfuerzo de la producción. No parecía de estirpe veneciana, sino más bien de la raza de los cómicos napolitanos, mitad chulo, mitad comediante, brutal y temerario, peligroso y entretenido. Su canción, meramente tonta según la letra, ganaba en su boca, por su mímica, sus movimientos corporales, su manera de guiñar los ojos insinuantemente y de dejar jugar la lengua de forma lúbrica en la comisura de los labios, algo ambiguo, vagamente obsceno. Del cuello blando de la camisa deportiva que llevaba con ropa por lo demás urbana, surgía su pescuezo descarnado con una nuez de Adán que parecía llamativamente grande y desnuda. Su rostro pálido y de nariz chata, de cuyos rasgos imberbes era difícil deducir su edad, parecía surcado por muecas y vicio, y extrañamente querían encajar con la mueca de su boca móvil los dos surcos que, desafiantes, imperiosos, casi salvajes, se alzaban entre sus cejas rojizas. Sin embargo, lo que dirigía la profunda atención del solitario hacia él era la observación de que la sospechosa figura parecía llevar consigo también su propia atmósfera sospechosa. Pues cada vez que volvía a empezar el estribillo, el cantante emprendía, entre payasadas y apretones de manos a modo de saludo, una grotesca marcha circular que lo conducía inmediatamente por debajo del sitio de Aschenbach, y cada vez que eso ocurría, subía hacia la terraza, emanando de sus ropas, de su cuerpo, una vaharada de fuerte olor a ácido fénico.
Terminado el cuplé, comenzó a recaudar dinero. Empezó por los rusos, a quienes se vio donar de buena gana, y subió luego los escalones. Tan insolente como se había comportado durante la actuación, tan humilde se mostraba aquí arriba. Culebreando, entre reverencias, se deslizaba alrededor de las mesas, y una sonrisa de traicionera sumisión dejaba al descubierto sus fuertes dientes, mientras, sin embargo, los dos surcos seguían alzándose amenazadores entre sus cejas rojas. Se examinaba al ser extraño que recolectaba su sustento con curiosidad y alguna repulsión; se arrojaban monedas en su sombrero con la punta de los dedos y se guardaban de tocarlo. La supresión de la distancia física entre el comediante y la gente decente engendra, por grande que sea la diversión, siempre una cierta incomodidad. Él la sentía y buscaba disculparse mediante el servilismo. Llegó hasta Aschenbach y con él el olor, sobre el cual nadie alrededor parecía reflexionar.
—¡Oiga! —dijo el solitario en voz baja y casi mecánicamente—. Están desinfectando Venecia. ¿Por qué? —El bufón respondió roncamente: —¡Por causa de la policía! Es el reglamento, señor mío, con tal calor y con el siroco. El siroco oprime. No es propicio para la salud… —Hablaba como asombrado de que se pudiera preguntar tal cosa y demostraba con la palma de la mano cuánto oprimía el siroco—. ¿Así que no hay ningún mal en Venecia? —preguntó Aschenbach muy quedo y entre dientes. Los rasgos musculosos del histrión cayeron en una mueca de cómica perplejidad. —¿Un mal? ¿Pero qué clase de mal? ¿Es el siroco un mal? ¿Es tal vez nuestra policía un mal? ¡Usted gusta de bromear! ¡Un mal! ¡Qué va! Una medida preventiva, entiéndalo usted bien. Una disposición policial contra los efectos de la atmósfera opresiva… —Gesticulaba—. Está bien —dijo Aschenbach de nuevo, breve y quedamente, y dejó caer con rapidez una moneda indebidamente importante en el sombrero. Luego indicó al hombre con los ojos que se fuera. Él obedeció haciendo muecas, entre reverencias; pero aún no había alcanzado la escalera cuando dos empleados del hotel se lanzaron sobre él y, con sus rostros pegados al suyo, lo sometieron a un interrogatorio susurrado. Él se encogió de hombros, dio protestas de inocencia, juró haber sido discreto; se veía. Despedido, regresó al jardín y, tras un breve acuerdo con los suyos bajo la lámpara de arco, se adelantó una vez más para una canción de agradecimiento y despedida.
Era una canción que el solitario no recordaba haber oído jamás; un éxito descarado en dialecto incomprensible y provisto de un estribillo de risa, al cual la banda se unía regularmente a pleno pulmón. Cesaban en ese momento tanto las palabras como el acompañamiento de los instrumentos, y no quedaba nada más que una risa rítmicamente ordenada de algún modo, pero tratada con mucha naturalidad, que sobre todo el solista sabía plasmar con gran talento hasta una vivacidad de lo más engañosa. Había recuperado, restablecida la distancia artística entre él y los señores, toda su insolencia, y su risa artificial, enviada desvergonzadamente hacia la terraza, era una carcajada de escarnio. Ya hacia el final de la parte articulada de la estrofa parecía luchar contra una cosquilla irresistible. Sollozaba, su voz vacilaba, se apretaba la mano contra la boca, encogía los hombros y, en el momento dado, la risa incontenible brotaba, aullaba y estallaba fuera de él, con tal verdad que resultaba contagiosa y se comunicaba a los oyentes, de modo que también en la terraza cundía una hilaridad sin objeto y que solo vivía de sí misma. Pero esto parecía precisamente duplicar el desenfreno del cantante. Doblaba las rodillas, se golpeaba los muslos, se sujetaba los costados, parecía a punto de reventar, ya no reía, gritaba; señalaba con el dedo hacia arriba, como si no hubiera nada más cómico que la sociedad risueña allí arriba, y finalmente reía todo el mundo en el jardín y en la veranda, hasta los camareros, los ascensoristas y los criados en las puertas.
Aschenbach ya no descansaba en la silla, estaba sentado erguido como en un intento de defensa o de huida. Pero la carcajada, el olor a hospital que subía flotando y la cercanía del hermoso se entretejieron para él en un hechizo onírico que mantenía envueltos, irrompible e ineludiblemente, su cabeza y su sentido. En la agitación y distracción generales se atrevió a mirar hacia Tadzio y, al hacerlo, pudo notar que el hermoso, en respuesta a su mirada, permanecía igualmente serio, talmente como si ajustara su comportamiento y su gesto a los del otro y como si el estado de ánimo general no tuviera poder sobre él, dado que aquel se sustraía al mismo. Esta obediencia infantil y llena de significado tenía algo tan desarmante, tan abrumador, que el hombre de cabellos grises se contuvo con esfuerzo de ocultar su rostro entre las manos. También le había parecido que el ocasional enderezarse y respirar hondo de Tadzio denotaba un suspiro, una opresión del pecho. «Es enfermizo, probablemente no llegará a viejo», pensó de nuevo con esa objetividad hacia la cual la embriaguez y el anhelo se emancipan a veces extrañamente, y una pura solicitud colmó su corazón al mismo tiempo que una satisfacción licenciosa.
Los venecianos, entre tanto, habían terminado y se retiraban. Los aplausos los acompañaban, y su líder no dejó de adornar aún su salida con bromas. Sus reverencias, sus besos al aire fueron reídos, y por eso los duplicó. Cuando los suyos ya estaban fuera, hizo todavía como si corriera hacia atrás chocando sensiblemente contra un poste de luz y se deslizó hacia la puerta aparentemente encorvado por el dolor. Allí, finalmente, se quitó de golpe la máscara del gafe cómico, se enderezó, es más, se irguió elásticamente, sacó la lengua con descaro a los huéspedes de la terraza y se escabulló en la oscuridad. La sociedad del balneario se dispersó; Tadzio hacía tiempo que ya no estaba en la balaustrada. Pero el solitario permaneció sentado aún largo rato, para extrañeza de los camareros, junto al resto de su bebida de granada en su mesita. La noche avanzaba, el tiempo se desmoronaba. En la casa de sus padres, hacía muchos años, había habido un reloj de arena; vio de repente de nuevo el frágil y significativo artefacto, como si estuviera ante él. Silenciosa y fina corría la arena teñida de rojo óxido a través de la angostura de vidrio, y como en la cavidad superior se estaba agotando, se había formado allí un pequeño remolino presuroso.
Ya al día siguiente, por la tarde, dio el obstinado un nuevo paso hacia la tentación del mundo exterior y esta vez con todo el éxito posible. Entró, en efecto, desde la Plaza de San Marcos en la agencia de viajes inglesa allí situada y, después de haber cambiado algún dinero en la caja, dirigió con la expresión del forastero desconfiado su fatal pregunta al empleado que lo atendía. Era un británico vestido de lana, aún joven, con el cabello dividido al medio, ojos muy juntos y de esa asentada lealtad de carácter que en el sur, pícaramente ágil, resulta tan extraña y curiosa. Comenzó: «No hay motivo de preocupación, *sir*. Una medida sin importancia seria. Tales disposiciones se toman a menudo para prevenir los efectos perjudiciales del calor y del siroco para la salud…». Pero al levantar sus ojos azules, se encontró con la mirada del forastero, una mirada cansada y algo triste que se dirigía con leve desprecio hacia sus labios. Entonces el inglés se ruborizó. «Esta es», continuó a media voz y con alguna emoción, «la explicación oficial en la que aquí se considera oportuno insistir. Yo le diré que hay algo más detrás». Y entonces dijo en su lengua honesta y cómoda la verdad.
Desde hacía varios años, la cólera india había mostrado ya una reforzada tendencia a la propagación y a la migración. Engendrada en las cálidas ciénagas del delta del Ganges, ascendida con el hálito mefítico de aquella selva primigenia e insular, exuberante e inútil, evitada por los hombres, en cuya espesura de bambú se agazapa el tigre, la peste había hecho estragos en todo el Indostán de forma continua y con inusitada violencia, se había extendido hacia el este a China, hacia el oeste a Afganistán y Persia y, siguiendo las rutas principales del tráfico de caravanas, había llevado sus horrores hasta Astracán, e incluso hasta Moscú. Pero mientras Europa temblaba ante la posibilidad de que el espectro hiciera su entrada desde allí y por tierra, había aparecido, transportado por mercaderes sirios a través del mar, casi simultáneamente en varios puertos del Mediterráneo, había alzado su cabeza en Tolón y Málaga, mostrado su máscara repetidas veces en Palermo y Nápoles, y parecía no querer retirarse más de toda Calabria y Apulia. El norte de la península había quedado indemne. Sin embargo, a mediados de mayo de este año se encontraron en Venecia, en un mismo día, los terribles vibriones en los cadáveres demacrados y negruzcos de un mozo de barco y de una verdulera. Los casos fueron ocultados. Pero al cabo de una semana eran diez, eran veinte, treinta, y además en diferentes barrios. Un hombre de la provincia austriaca, que se había detenido en Venecia unos días por placer, murió al regresar a su pequeña ciudad natal bajo signos inequívocos, y así fue como los primeros rumores de la plaga en la ciudad de las lagunas llegaron a los diarios alemanes. La autoridad de Venecia hizo responder que las condiciones sanitarias de la ciudad nunca habían sido mejores y tomó las medidas más necesarias para el control. Pero probablemente los alimentos habían sido infectados. Verduras, carne o leche, pues, negada y encubierta, la muerte devoraba a su alrededor en la estrechez de las callejuelas, y el calor estival prematuramente incursionado, que entibiaba el agua de los canales, era especialmente favorable a la propagación. Sí, parecía como si la peste hubiera experimentado una revitalización de sus fuerzas, como si la tenacidad y fertilidad de sus patógenos se hubiesen duplicado. Los casos de recuperación eran muy raros; el ochenta por ciento de los afectados moría, y de una manera espantosa, pues el mal se presentaba con extrema ferocidad y mostraba a menudo aquella forma más peligrosa que se denomina «la seca». En este caso, el cuerpo no era capaz ni siquiera de expulsar el agua segregada masivamente de los vasos sanguíneos. En pocas horas el enfermo se secaba y se asfixiaba por la sangre vuelta viscosa como la pez, entre calambres y quejas roncas. Dichoso él si, como sucedía a veces, el brote se producía tras un ligero malestar en forma de un profundo desmayo del que ya no despertaba, o apenas lo hacía. A principios de junio se llenaron en silencio las barracas de aislamiento del *Ospedale Civico*, en los dos orfanatos comenzó a faltar espacio, y un tráfico estremecedoramente intenso reinaba entre el muelle de los *Nuove Fundamente* y San Michele, la isla cementerio. Pero el miedo al perjuicio general, la consideración por la recientemente inaugurada exposición de pintura en los jardines públicos, por las enormes pérdidas con las que, en caso de pánico y descrédito, se veían amenazados los hoteles, los comercios, toda la variada industria turística, se mostró más poderosa en la ciudad que el amor a la verdad y el respeto a los acuerdos internacionales; ello indujo a las autoridades a mantener obstinadamente su política de silencio y negación. El funcionario médico supremo de Venecia, un hombre benemérito, había dimitido indignado de su puesto y había sido sustituido discretamente por una personalidad más dócil. El pueblo lo sabía; y la corrupción de los superiores, junto con la inseguridad reinante, el estado de excepción en el que la muerte circulante sumía a la ciudad, provocó una cierta desmoralización de las capas bajas, un aliento de instintos oscuros y antisociales que se manifestó en intemperancia, desvergüenza y creciente criminalidad. Contra lo habitual, se notaban por la noche muchos borrachos; chusma malintencionada hacía, según se decía, inseguras las calles por la noche; asaltos y hasta asesinatos se repetían, pues ya dos veces se había demostrado que personas supuestamente caídas víctimas de la peste habían sido más bien eliminadas de la vida con veneno por sus propios parientes; y el libertinaje profesional adoptaba formas importunas y desenfrenadas, como hasta entonces no se conocían aquí y solo habían tenido su hogar en el sur del país y en el Oriente.
De estas cosas pronunció el inglés lo decisivo. «Haría usted bien», concluyó, «en viajar mejor hoy que mañana. La imposición del bloqueo apenas puede hacerse esperar más de un par de días». «Le agradezco», dijo Aschenbach y abandonó la oficina.
La plaza yacía bajo un bochorno sin sol. Forasteros ignorantes estaban sentados frente a los cafés o permanecían de pie, totalmente cubiertos de palomas, ante la iglesia, y observaban cómo los animales, hormigueando, batiendo las alas y empujándose unos a otros, picoteaban los granos de maíz ofrecidos en las cuencas de las manos. En febril excitación, triunfante en la posesión de la verdad, con un sabor de náusea en la lengua y un espanto fantástico en el corazón, el solitario recorría de arriba abajo las losas del suntuoso patio. Sopesaba una acción purificadora y decente. Podía acercarse esta noche, después de la cena, a la mujer adornada de perlas y decirle lo que ya redactaba mentalmente palabra por palabra: «Permita al forastero, señora, servirle con un consejo, una advertencia, que el egoísmo le oculta. ¡Márchese, de inmediato, con Tadzio y sus hijas! Venecia está apestada». Podía entonces posar la mano sobre la cabeza del instrumento de una divinidad burlona a modo de despedida, darse la vuelta y huir de este pantano. Pero sentía al mismo tiempo que estaba infinitamente lejos de querer dar semejante paso con seriedad. Eso le haría retroceder, le devolvería a sí mismo; pero quien está fuera de sí no aborrece nada más que volver a entrar en sí mismo. Recordó un edificio blanco, decorado con inscripciones de brillo vespertino, en cuya mística transparente se había perdido el ojo de su espíritu; aquella extraña figura de viajero, después, que había despertado en el hombre que envejecía una errante nostalgia juvenil hacia lo lejano y lo extraño; y el pensamiento del regreso, de la sensatez, la sobriedad, la fatiga y la maestría, le asqueaba en tal medida que su rostro se contrajo en una expresión de náusea física. «¡Se debe callar!», susurró con vehemencia. Y: «¡Callaré!». La conciencia de su complicidad, de su culpabilidad, le embriagaba, como pequeñas cantidades de vino embriagan un cerebro cansado. La imagen de la ciudad afligida y abandonada, flotando desolada ante su espíritu, encendió en él esperanzas, indecibles, que traspasaban la razón, y de una dulzura monstruosa. ¿Qué era para él la tierna felicidad con la que había soñado un instante poco antes, comparada con estas expectativas? ¿Qué valor tenían ya para él el arte y la virtud frente a las ventajas del caos? Calló y se quedó.
Aquella noche tuvo un sueño terrible, —si es que se puede designar como sueño una experiencia corporal-espiritual que, si bien le sucedió en el sueño más profundo y en la más completa independencia y presencia sensorial, lo hizo sin que él se viera a sí mismo caminando y presente fuera de los acontecimientos; sino que el escenario era más bien su propia alma, y estos irrumpieron desde fuera, derribando violentamente su resistencia —una resistencia profunda y espiritual—, la atravesaron y dejaron su existencia, dejaron la cultura de su vida devastada y aniquilada.
El miedo fue el principio, miedo y placer y una curiosidad espantada por lo que quería venir. Reinaba la noche, y sus sentidos aguzaban el oído; pues de lejos se acercaba un tumulto, un estruendo, una mezcla de ruidos: traqueteos, fragor y truenos sordos, gritos de júbilo estridentes y un aullido determinado en una «u» arrastrada, todo ello entreverado y cubierto de forma horrorosamente dulce por un sonido de flautas que arrullaba gravemente, impíamente persistente, que hechizaba las entrañas de una manera impúdicamente intrusiva. Pero él sabía una palabra, oscura, pero que nombraba lo que venía: «¡El dios extraño!». Un resplandor humeante se encendió: entonces reconoció un paisaje montañoso, similar al que rodeaba su casa de verano. Y bajo una luz desgarrada, desde la altura boscosa, entre troncos y fragmentos de roca musgosa, aquello rodaba y se precipitaba en torbellino hacia abajo: hombres, animales, un enjambre, una horda furiosa, e inundaba la ladera con cuerpos, llamas, tumulto y una danza circular tambaleante. Mujeres, tropezando con las vestiduras de piel demasiado largas que les colgaban del cinturón, agitaban panderetas sobre sus cabezas echadas hacia atrás entre gemidos, blandían antorchas chisporroteantes y puñales desnudos, sostenían serpientes de lenguas vibrantes aferradas por la mitad del cuerpo o portaban gritando sus pechos en ambas manos. Hombres, con cuernos sobre la frente, vestidos con pellejos y velludos de piel, inclinaban la nuca y levantaban brazos y muslos, hacían retumbar platillos de bronce y golpeaban furiosamente timbales, mientras muchachos lampiños aguijoneaban con bastones enramados a machos cabríos, a cuyos cuernos se aferraban y por cuyos saltos se dejaban arrastrar entre alaridos. Y los poseídos aullaban el grito de suaves consonantes y una u final arrastrada, dulce y salvaje a la vez, como ninguno jamás oído: aquí resonaba, bramado a los aires, como por ciervos, y allí se repetía, en múltiples voces, en triunfo desolador, incitándose unos a otros con él a la danza y al lanzamiento de los miembros, y no dejaban que enmudeciera jamás. Pero todo lo penetraba y dominaba el tono profundo y seductor de la flauta. ¿No le atraía también a él, que lo experimentaba con resistencia, de manera impúdicamente persistente hacia la fiesta y el desenfreno del sacrificio extremo? Grande era su asco, grande su temor, honesta su voluntad de proteger lo suyo hasta el final contra el extraño, el enemigo del espíritu sereno y digno. Pero el ruido, el aullido, multiplicado por la pared montañosa que resonaba, creció, se impuso, se hinchó hasta convertirse en una locura arrebatadora. Vapores oprimían el sentido, el olor acre de los machos cabríos, el hedor de cuerpos jadeantes y un aliento como de aguas putrefactas, y además otro más, familiar: a heridas y a enfermedad circulante. Con los golpes de timbal retumbaba su corazón, su cerebro daba vueltas, la furia se apoderó de él, la ceguera, una lujuria aturdidora, y su alma deseó unirse a la danza del dios. El símbolo obsceno, enorme, de madera, fue descubierto y elevado: entonces aullaron más desenfrenadamente la consigna. Con espuma en los labios rabiaban, se excitaban unos a otros con gestos lascivos y manos impúdicas, riendo y gimiendo, —se clavaban los aguijones en la carne y se lamían la sangre de los miembros. Pero con ellos, en ellos estaba ahora el soñador y pertenecía al dios extraño. Sí, ellos eran él mismo, cuando arrojándose sobre los animales, desgarrando y matando, devoraban jirones humeantes, cuando sobre el suelo de musgo removido comenzó una mezcla sin límites, en sacrificio al dios. Y su alma probó la lascivia y el frenesí de la perdición.
De este sueño despertó el visitado enervado, destrozado y sin fuerzas, caído en manos del demonio. Ya no temía las miradas observadoras de la gente; si se exponía a su sospecha, no le importaba. Además, ellos huían, se marchaban; numerosas casetas de playa estaban vacías, la ocupación del comedor mostraba grandes huecos, y en la ciudad rara vez se veía ya a un extranjero. La verdad parecía haberse filtrado; el pánico, a pesar de la tenaz cohesión de los interesados, no podía ser contenido por más tiempo. Pero la mujer con el adorno de perlas se quedó con los suyos, ya fuera porque los rumores no llegaban hasta ella, o porque era demasiado orgullosa e intrépida para ceder ante ellos: Tadzio se quedó; y a aquel, en su cautiverio, le parecía a veces como si la huida y la muerte pudieran eliminar toda vida molesta de los alrededores y él pudiera quedarse solo con el bello en esta isla, —sí, cuando por las mañanas junto al mar su mirada descansaba pesada, irresponsable, fija en el deseado, cuando al caer el día le seguía indignamente a través de callejuelas en las que, de manera oculta, rondaba la muerte asquerosa, entonces lo monstruoso le parecía prometedor y la ley moral caduca.
Como cualquier enamorado, deseaba agradar y sentía una amarga angustia de que no fuera posible. Añadió a su traje detalles alegremente juveniles, se puso piedras preciosas y usó perfumes, dedicaba varias veces al día mucho tiempo a su aseo y acudía a la mesa adornado, excitado y tenso. Ante la dulce juventud que le había hechizado, le asqueaba su cuerpo que envejecía; la visión de su cabello gris, de sus rasgos afilados, le sumía en la vergüenza y la desesperanza. Sentía el impulso de refrescarse y restaurarse físicamente; visitaba con frecuencia al peluquero del hotel.
Con la bata de peinador, recostado en el sillón bajo las manos cuidadosas del charlatán, contemplaba con mirada atormentada su imagen en el espejo.
«Gris», dijo con la boca torcida.
«Un poco», respondió el individuo. «A saber, por culpa de un pequeño descuido, de una indiferencia en las cosas exteriores que es comprensible en personas importantes, pero que, sin embargo, no se puede alabar incondicionalmente, y mucho menos cuanto que precisamente a tales personas les son poco apropiados los prejuicios en cuestiones de lo natural o lo artificial. Si la rigidez moral de cierta gente frente al arte cosmético se extendiera lógicamente también a sus dientes, no causarían poco escándalo. Al fin y al cabo, somos tan viejos como nuestro espíritu y nuestro corazón se sienten, y el cabello gris significa, bajo ciertas circunstancias, una falsedad más real de lo que significaría la corrección despreciada. En su caso, señor, uno tiene derecho a su color de pelo natural. ¿Me permite simplemente devolverle el suyo?».
«¿Cómo es eso?», preguntó Aschenbach.
Entonces el elocuente lavó el cabello del cliente con dos tipos de agua, una clara y una oscura, y quedó negro como en los años jóvenes. Lo onduló después con las tenacillas en suaves capas, retrocedió y examinó la cabeza tratada.
«Ahora solo faltaría», dijo, «refrescar un poco la piel del rostro».
Y como alguien que no puede terminar, que no puede darse por satisfecho, pasó con una actividad siempre renovada de una manipulación a otra. Aschenbach, descansando cómodamente, incapaz de defenderse, esperanzadamente excitado más bien por lo que sucedía, vio en el cristal cómo sus cejas se arqueaban más decididas y regulares, cómo el corte de sus ojos se alargaba, cómo su brillo se realzaba mediante un ligero sombreado del párpado, vio más abajo, donde la piel había sido de un cuero parduzco, despertar un tierno carmín suavemente aplicado, sus labios, anémicos hace un momento, hincharse de color frambuesa, los surcos de las mejillas, de la boca, las arrugas de los ojos desaparecer bajo crema y hálito de juventud, —contempló con palpitaciones a un joven floreciente. El cosmético se dio finalmente por satisfecho, agradeciendo a la manera de tal gente a aquel a quien había servido con una cortesía rastrera. «Un retoque insignificante», dijo, mientras daba un último toque al aspecto de Aschenbach. «Ahora el señor puede enamorarse sin reparos». El seducido se fue, feliz como en un sueño, confuso y temeroso. Su corbata era roja, su sombrero de paja de ala ancha estaba rodeado por una cinta multicolor.
Se había levantado un viento tormentoso y tibio; llovía rara y escasamente, pero el aire era húmedo, espeso y estaba lleno de efluvios de podredumbre. Aleteos, chasquidos y silbidos rodeaban el oído, y al que se hallaba afiebrado bajo el maquillaje le parecía que espíritus del viento de mala ralea hacían de las suyas en el espacio, aves malignas del mar que revuelven, roen y profanan con inmundicia la comida del condenado. Pues el bochorno impedía el apetito, y se imponía la idea de que los alimentos estaban envenenados con sustancias contagiosas.
Siguiendo las huellas del bello, Aschenbach se había adentrado una tarde en el intrincado laberinto interior de la ciudad enferma. Con el sentido de la orientación fallando, dado que las callejuelas, canales, puentes y plazuelas del laberinto se parecen demasiado entre sí, inseguro incluso de los puntos cardinales, estaba totalmente concentrado en no perder de vista la imagen anhelantemente perseguida, y forzado a una cautela vergonzosa, pegado a los muros, buscando protección tras la espalda de los que le precedían, no fue consciente durante mucho tiempo del cansancio, del agotamiento que el sentimiento y la tensión perpetua habían infligido a su cuerpo y a su espíritu. Tadzio iba detrás de los suyos; en la estrechez solía ceder el paso a la institutriz y a las hermanas de aspecto monjil, y deambulando solo volvía a veces la cabeza para asegurarse, por encima del hombro, del séquito de su amante con una mirada de sus peculiares ojos gris crepúsculo. Él lo veía, y no lo delataba. Embriagado por este conocimiento, atraído hacia adelante por estos ojos, llevado de la cuerda de locos por la pasión, el enamorado se escabullía tras su esperanza indecorosa —y finalmente se vio, sin embargo, privado de su visión. Los polacos habían cruzado un puente de arco corto; la altura del arco los ocultó al que los seguía, y llegado a su vez arriba, ya no los descubrió. Indagó por ellos en tres direcciones, recto y hacia ambos lados a lo largo del muelle estrecho y sucio, en vano. La enervación y el decaimiento le obligaron finalmente a desistir de la búsqueda.
Su cabeza ardía, su cuerpo estaba cubierto de sudor pegajoso, su nuca temblaba, una sed ya insoportable le atormentaba; miró a su alrededor en busca de algún refrigerio, de un alivio momentáneo. Ante una pequeña tienda de verduras compró algunas frutas, fresas, género blando y sobremaduro, y comió de ellas mientras caminaba. Una pequeña plaza, desierta, de aspecto hechizado, se abrió ante él; la reconoció, había sido aquí donde semanas atrás había concebido el frustrado plan de huida. En los escalones de la cisterna, en medio del lugar, se dejó caer y apoyó la cabeza en el brocal de piedra. Estaba todo en silencio, la hierba crecía entre el empedrado. Había desperdicios por los alrededores. Entre las casas desgastadas por la intemperie, de alturas irregulares en el contorno, una parecía palaciega, con ventanas de arco apuntado tras las que habitaba el vacío, y pequeños balcones de leones. En la planta baja de otra se encontraba una farmacia. Ráfagas de viento cálido traían a veces olor a ácido fénico.
Estaba sentado allí, el maestro, el artista que había alcanzado la dignidad, el autor de «Un miserable», que en forma tan ejemplarmente pura había renunciado a la bohemia y a las profundidades turbias, que había retirado la simpatía al abismo y había rechazado lo reprobable; el que había ascendido alto, el que, vencedor de su propio saber y habiendo superado toda ironía, se había acostumbrado a las obligaciones de la confianza de las masas; él, cuya fama era oficial, cuyo nombre había sido ennoblecido y en cuyo estilo se instaba a los muchachos a formarse... él estaba sentado allí, sus párpados estaban cerrados; solo a veces, ocultándose de nuevo rápidamente, una mirada burlona y avergonzada se deslizaba lateralmente por debajo de ellos, y sus labios flácidos, cosméticamente realzados, formaban palabras sueltas de lo que su cerebro medio adormecido producía en extraña lógica onírica.
«Porque la belleza, Fedro, ¡toma buena nota!, solo la belleza es divina y visible al mismo tiempo, y así es pues el camino de lo sensible, es, pequeño Fedro, el camino del artista hacia el espíritu. Pero, ¿crees tú acaso, mi querido, que alguna vez pueda ganar sabiduría y verdadera dignidad viril aquel para quien el camino hacia lo espiritual conduce a través de los sentidos? ¿O crees más bien (te dejo libre la decisión) que este es un camino peligroso y encantador, verdaderamente un camino de error y pecado, que necesariamente conduce al extravío? Pues debes saber que nosotros, los poetas, no podemos recorrer el camino de la belleza sin que Eros se una a nosotros y se erija en guía; sí, aunque seamos héroes a nuestra manera y guerreros disciplinados, somos como mujeres, pues la pasión es nuestra exaltación, y nuestro anhelo debe seguir siendo amor... ese es nuestro placer y nuestra vergüenza. ¿Ves ahora que nosotros, los poetas, no podemos ser sabios ni dignos? ¿Que necesariamente nos extraviamos, que necesariamente seguimos siendo licenciosos y aventureros del sentimiento? La maestría de nuestro estilo es mentira y locura, nuestra fama y posición de honor una farsa, la confianza de la multitud en nosotros altamente ridícula, la educación del pueblo y de la juventud a través del arte una empresa arriesgada que debería prohibirse. Pues, ¿cómo habría de servir para educador aquel a quien le es innata una tendencia incorregible y natural hacia el abismo? Bien quisiéramos renegar de él y ganar dignidad, pero giremos como giremos, él nos atrae. Así pues, renunciamos, por ejemplo, al conocimiento disolvente, pues el conocimiento, Fedro, no tiene dignidad ni rigor: es sabio, comprensivo, perdonador, sin postura ni forma; tiene simpatía con el abismo, es el abismo. A este, por tanto, lo rechazamos con resolución, y en adelante nuestro afán se dirige únicamente a la belleza, eso quiere decir a la simplicidad, a la grandeza y a la nueva severidad, a la segunda inocencia y a la forma. Pero la forma y la inocencia, Fedro, conducen a la embriaguez y al deseo, conducen al noble quizá a un horroroso sacrilegio del sentimiento que su propia bella severidad rechaza como infame, conducen al abismo, al abismo también ellas. A nosotros, los poetas, digo, nos conducen allá, pues nosotros no somos capaces de elevarnos, solo somos capaces de excedernos. Y ahora me voy, Fedro, quédate tú aquí; y solo cuando ya no me veas, vete tú también».
* * * * *
Algunos días más tarde, Gustav von Aschenbach, dado que se sentía indispuesto, abandonó el Hotel de los Baños a una hora de la mañana más tardía de lo habitual. Tenía que luchar con ciertos ataques de vértigo, solo medio físicos, que iban acompañados de una angustia y perplejidad violentamente crecientes, de un sentimiento de falta de salida y de esperanza, del que no quedaba claro si se refería al mundo exterior o a su propia existencia. En el vestíbulo advirtió una gran cantidad de equipaje listo para el transporte, preguntó a un portero quién era el que viajaba, y recibió por respuesta el nombre noble polaco que en secreto había estado esperando. Lo recibió sin que sus rasgos decaídos se hubieran alterado, con esa breve elevación de cabeza con la que se toma nota de paso de algo que no se necesitaba saber, y preguntó aún: «¿Cuándo?». Le respondieron: «Después del almuerzo». Asintió y se fue hacia el mar.
Estaba inhóspito allí. Sobre las aguas amplias y llanas que separaban la playa del primer banco de arena alargado, corrían estremecimientos rizados de delante hacia atrás. Una cualidad otoñal, caduca, parecía posarse sobre el lugar de recreo, antes tan coloridamente animado y ahora casi abandonado, cuya arena ya no se mantenía limpia. Una cámara fotográfica, aparentemente sin dueño, estaba sobre su trípode de tres patas al borde del mar, y un paño negro, extendido sobre ella, aleteaba chasqueando en el viento más frío.
Tadzio, con tres o cuatro compañeros de juego que le habían quedado, se movía a la derecha delante de la caseta de los suyos, y, descansando en su tumbona con una manta sobre las rodillas, aproximadamente en el medio entre el mar y la fila de casetas de playa, Aschenbach le observó una vez más. El juego, que no estaba vigilado, pues las mujeres debían de estar ocupadas con los preparativos del viaje, parecía carecer de reglas y degeneraba. Aquel fornido, en traje con cinturón y con el pelo negro y pomadizado, al que llamaban «Jaschu», provocado y cegado por un lanzamiento de arena a la cara, forzó a Tadzio a una lucha libre que terminó rápidamente con la caída del bello, más débil. Pero como si en la hora de la despedida el sentimiento servil del inferior se transformara en cruel brutalidad y tratara de vengarse por una larga esclavitud, el vencedor no soltó al derrotado ni siquiera entonces, sino que, arrodillado sobre su espalda, presionó su rostro tan persistentemente contra la arena que Tadzio, ya sin aliento por la lucha, amenazaba con asfixiarse. Sus intentos de sacudirse el peso de encima eran convulsivos, cesaban por momentos por completo y se repetían ya solo como un espasmo. Horrorizado, Aschenbach quiso saltar para socorrerle, cuando el violento soltó finalmente a su víctima. Tadzio, muy pálido, se incorporó a medias y permaneció sentado, apoyado sobre un brazo, inmóvil durante varios minutos, con el cabello revuelto y los ojos oscurecidos. Luego se levantó del todo y se alejó despacio. Le llamaron, al principio alegremente, luego con temor y ruego; no escuchó. El de pelo negro, a quien el arrepentimiento por su exceso debía de haber embargado de inmediato, le alcanzó y buscó reconciliarle. Un movimiento de hombros le rechazó. Tadzio bajó oblicuamente hacia el agua. Iba descalzo y llevaba su traje de lino a rayas con el lazo rojo.
Se demoró al borde de la marea, dibujando figuras en la arena húmeda con la punta del pie y la cabeza baja, y se adentró luego en el mar poco profundo de la orilla, que en su punto más hondo aún no le mojaba las rodillas, lo cruzó, avanzando con indolencia, y llegó al banco de arena. Allí se detuvo un instante, con el rostro vuelto hacia la inmensidad, y comenzó después a recorrer despacio hacia la izquierda el largo y estrecho trecho de suelo descubierto. Separado de la tierra firme por anchas aguas, separado de los compañeros por un orgullo caprichoso, deambulaba, una aparición sumamente aislada y sin vínculos, con el cabello al viento allí fuera en el mar, en el viento, ante lo nebuloso e ilimitado. Una vez más se detuvo para mirar. Y de repente, como bajo un recuerdo, un impulso, giró el torso, una mano en la cadera, en una bella torsión desde su postura básica, y miró por encima del hombro hacia la orilla. El que observaba estaba sentado allí como había estado sentado una vez, cuando al principio, devuelta desde aquel umbral, esa mirada gris crepúsculo se había encontrado con la suya. Su cabeza, apoyada en el respaldo de la silla, había seguido lentamente el movimiento del que caminaba allá fuera; ahora se levantó, como al encuentro de la mirada, y cayó sobre el pecho, de modo que sus ojos miraban desde abajo, mientras su rostro mostraba la expresión flácida, íntimamente sumida, del sueño profundo. Pero a él le pareció como si el pálido y adorable psicagogo le sonriera allá fuera, le hiciera señas; como si, soltando la mano de la cadera, señalara hacia lo lejos, flotara delante hacia la inmensidad prometedora. Y, como tantas veces, se dispuso a seguirle.
Pasaron minutos hasta que acudieron en ayuda del que se había desplomado de costado en la silla. Lo llevaron a su habitación. Y aquel mismo día, un mundo respetuosamente conmocionado recibió la noticia de su muerte.